ÚLTIMO PASO: ACTIO

¿A qué nos lleva el texto?
(matrimonio, 3 hijos, él trabaja, el matrimonio pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)

Algo nos debe preocupar a los que llevamos tanto tiempo en el camino de fe, y es el que nuestros oídos lleguen a habituarse a escuchar las llamadas del Señor, y que, con la confianza, respondamos que sí a todo pero después, si te vi no me acuerdo. Algo parecido les pasaba a los fariseos, aunque estos tenían el problema añadido de que tenían acoplado al oído un “gran filtro” que sólo les dejaba pasar lo que les interesaba.
Incluso hoy, nos podemos ver reflejados también en esa segunda “enfermedad auditiva”, la de no querer renovarnos, la de no querer analizar los signos de los tiempos, la de no abrirnos a nuevas vías, la de pensar que sólo lo nuestro vale…
Para los padres, que un hijo nos mienta después de haber puesto nuestra confianza en él, es algo que nos defrauda sobre manera, aún más cuando algo importante se queda sin hacer por que se lo encomendamos precisamente a él.
Pues bien, seamos francos y honestos con nuestro Padre del cielo, a Él no le podemos engañar.
Vienen épocas de adquirir compromisos, de elaborar proyectos personales, comunitarios… en los cuales se ven directamente implicadas terceras personas cuyo crecimiento en la fe o cuyo cometido se puede ver comprometido por un compromiso  nuestro incumplido. Eso sí es grave, ¡cuidado!
Eso no quiere decir que dejemos de comprometernos con diversas cosas y “enredos”, pero pongamos todo en las manos del Señor.
A veces somos muy “fuguillas” y, como en aquel ejemplo gráfico, en la bici de dos plazas conducimos nosotros y Jesús va detrás, a veces ni le miramos, pero la bici rueda y rueda. Somos capaces de abarcarlo todo, hacemos Kms. a porrillo.
Puede llegar un momento en que pedaleemos tanto y tan rápido que perdamos a Jesús del asiento trasero. Es entonces cuando tenemos que pararnos y decirle a Él: “Señor, lleva tu la bici, conduce Tú mi vida que yo me pierdo…”, por que  corremos el peligro de fracasar con sólo nuestras fuerzas. De ahí la importancia de mirar siempre a nuestro acompañante (con la oración), para no estrellarnos en una cuneta.


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