¿A qué nos lleva el texto?
(matrimonio, 3 hijos, él trabajan, el matrimonio pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)
Llegó el Adviento. Tiempo de Esperanza. Hace poco leí una frase que me impactó:
<<La santidad de las personas se mide en el “espesor” de su esperanza>> Es como un mantra que trato de repetir estos días, porque son muchos los motivos que nos pueden hacer caer en la desesperanza en este tiempo de pandemia: enfermedad o muerte de algún familiar cercano sin poder acompañarlo, secuelas en nuestras relaciones interpersonales por no poder convivir como antes, miedo a la enorme crisis económica que se nos avecina, a que muchos pierdan su trabajo, su proyecto vital…
Sin embargo, hay, para nosotros los cristianos, un pilar fundamental que nos sustenta, el Amor de Dios, la confianza en Alguien que jamás nos abandona. Eso es lo que nos da la mayor de las esperanzas. Constatando el paso amoroso del Señor por nuestra historia de salvación nos sale espontáneo el corresponder a ese Amor. ¿Dónde podemos amarlo? Lo veíamos muy bien el domingo pasado, “cuanto hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.
La Palabra de Dios de este Domingo, nos invita a vigilar. La vigilancia está por encima del miedo, pues su causa es el amor a los que son importantes para nosotros.
Hace un mes, mi hijo contrajo el coronavirus, en su piso de estudiantes, afortunadamente ya está bien. A nosotros no nos lo contagió por que tomó la decisión acertada de no vernos físicamente en una temporada, aún antes de contraerlo, porque yo era persona de riesgo. Siempre decía, quiero estar con vosotros, pero temo que me contagie y te lo pegue a ti.
Se ha criticado mucho a la gente joven y es injusto, hay algunos que no hacen caso, pero muchos otros, vigilan por el bien de los que más quieren.
Pues bien, este ejemplo “pandémico” me viene bien para trasladarlo a nuestra forma de poner en práctica la Palabra.
Vigilar, velar…Debe ser una vigilancia activa, no es un sentimiento, sino una intención, salgamos de ese miedo que nos atenaza, ése que, en vez de dejarnos en vela, nos amodorra. Tomemos distancia de nosotros mismos, para ver desde fuera los propios problemas con más objetividad, reconocer ese miedo para relativizarlo. Somos vulnerables, sí, pero trascendentes, podemos ir más allá, debemos asumir la responsabilidad individual de proteger y atender a los demás, porque se lo debemos a Dios. Vamos a trabajar junto a otros, crear redes de colaboración y darle valor a las que ya existen, unir más aún a las familias, las asociaciones, ONGs, parroquias…todos aquellos que busquen el bien común. Son los vínculos de comunidad, de solidaridad, de compartir, de aprecio, incluso de heroísmo, dar la vida para ayudar a otros, lo que ayuda a cambiar el corazón… Esta debe ser nuestra vigilancia activa libre de miedos.