¿Qué nos hace decir el texto?
(hombre, casado, trabaja, pertenece a movimiento cristiano)
Señor Jesús, el Resucitado,
te adentraste en el centro del mundo al morir:
vértigo, abismo, anonadamiento…
mala muerte de mala muerte,
pero penúltima
porque penúltima es cualquier experiencia
en los cráteres y las venas de lo abyecto
en este áspero mundo.
Señor Jesús, el Resucitado,
lideras con convencimiento las inagotables fuerzas de la materia, de la vivacidad, de la historia transfigurada:
aliento de vida enhebrando energías inagotables
en los momentos oportunos
porque la Creación esta cuidada,
sostenida,
impelida
por un ardiente susurro tuyo de santa sabiduría
en su devenir milenario y asombroso.
Señor Jesús, el Resucitado,
quiebras de raíz los goznes agrios de la banalidad ególatra, del pecado soberbio, de la muerte inexorable:
radiante presencia de santidad que recrea y enamora,
se hable la lengua que se hable
porque no hay oración del corazón que no sea escuchada por ti
ni adoración humilde que no cree serenos vínculos de luz contigo
por los siglos de los siglos.
Señor Jesús, el Resucitado,
recorres la historia del cosmos y de los hombres dejando huellas de luz vibrantes en lo oscuro:
ondas silentes de esperanza que recorren todo siglo y toda lágrima
porque Tú eres el Agua de Vida, el Pan de Vida, la Palabra de Vida…
para todos,
para siempre,
… misterio de amor,
misterio de fe,
misterio de santidad…
Señor Jesús, el Resucitado,
por ti, las raíces fundantes de la realidad rezuman esperanza
como una alfaguara que sacia toda sed de cualquier corazón solitario:
Tú, aliento inefable de vida que fecunda y cuida toda vida,
Tú, aliento en la expansión del universo desde el inicio primordial,
Tú, aliento en la fulguración de los seres humanos excepcionales,
genios proféticos y deslumbrantes,
que intuyeron, maravillados
la santidad que alimenta
los deseos de sus corazones.
heridos,
sanados,
habitados.
Señor Jesús, el Resucitado,
aunque la culpa, el sufrimiento, el aislamiento
aún nos corroen y arañan nuestras pupilas,
aunque la maldad arrugue obscenamente los pliegues de los rostros y las biografías,
aunque desesperemos, tan humanos, de la inteligencia, de la libertad y del amor
en estos tiempos caóticos de inseguridad y miedos,
aunque haya tantos noes sádicos a la dignidad humana,
hoy, una vez más,
Domingo de Resurrección,
Domingo de los domingos,
Domingo de la Santidad…
llenos de pasmo, de alegría, de gozo
proclamamos con los mejores de la humanidad
que somos uno en el amor,
que somo uno en la vida,
que somos uno contigo,
Dios de Dios, Luz de Luz,
Tú, Cristo Jesús, el Resucitado,
el Santo de los Santos.
Señor Jesús, el Resucitado, que atraviesas lo mejor y lo peor de los andenes de la humanidad…
Señor Jesús, el Resucitado, que te haces presente en toda miseria y en todo fulgor…
Señor Jesús, el Resucitado, que estás en todo esfuerzo en el cuidado de la vida…
Señor Jesús, el Resucitado, que estás en todos los hijos de esta tierra…
Señor Jesús, el Resucitado, que habitas en todo deseo de bondad…
Señor Jesús, el Resucitado, tan humano entre los humanos…
Señor Jesús, el Resucitado,
ante Ti, hombres y mujeres
de estos tiempos tan extraños,
en comunión anhelante
proclamamos
nuestra fe,
nuestra esperanza,
nuestra alegría
al sentirnos vivos
en tu Vida,
al sentirnos
hermanos contigo, ante Ti, ante Ti;
al sentirnos
creyentes,
como tantos y tantos
Hijos de la Luz
a lo largo de la fascinante Historia de la Salvación
que recorre,
evidente y sumergida,
la Historia doliente y clarividente de la Humanidad.
¡Cristo Jesús, has resucitado!
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!