¿Qué nos hace decir el texto?
(hombre, casado, trabaja, pertenece a movimiento cristiano)
Dios del universo,
de la vida,
de la historia,
de la humanidad.
Nos has encomendado,
amorosamente,
colaborar en tu trabajo creador,
nos has hecho jornaleros de tu Reino
con lo mejor de nosotros:
nuestra creatividad,
nuestro cuidado,
nuestra capacidad de comunión.
Dios del universo,
de la vida,
de la historia,
de la humanidad.
Somos plenamente conscientes
de que, a lo largo de los siglos,
hemos creado
una serie casi infinita
de injusticias,
de maldades,
de barbarie.
Somos capaces
de lo mejor y de lo peor.
A gran escala y a pequeña escala.
Lo sabemos.
Lo sabes.
La justicia en favor del débil y debilitado
está muy lejos
y parecería que,
en muchos momentos y lugares del mundo
y de la historia, se aleja más y más.
Dios del universo,
de la vida,
de la historia,
de la humanidad:
Jesús ha iluminado nuestra vida
y la vida de los hombres y mujeres de bien
con sus palabras,
con sus presencias,
con sus acciones.
Jesús trabajó manualmente:
madera, piedra,
y posiblemente, cultivo de la tierra,
que eran
E inició su ministerio
impulsado por la energía
que impulsa todo el misterio de la realidad,
toda vida,
toda inteligencia,
todo amor.
Jesús habló de la igualdad y fraternidad radical.
Dio luz a todos los hombres y mujeres de bien.
Jesús generó comunión con sus relaciones.
Iluminó a toda la humanidad
haciéndoles ver las posibilidades de lo mejor del corazón humano.
Y, al fin, puso una mesa
de igualdad,
de fraternidad,
de comunión universal por los siglos de los siglos.
Escogió como alimento de vida
frutos simples y populares
que emergen de la tierra y del trabajo
desde hace siglos y siglos.
Santificó esos dones con presencia del Espíritu.
Y capacitó a sus apóstoles
para que realizaran,
en su nombre,
esta santificación,
hasta el final de los tiempos,
para todos los hombres y mujeres
que desean continuar
el camino de salvación
que inició el Pueblo de Dios,
el Pueblo elegido,
el Pueblo de la promesa.
Con su muerte en la Cruz,
el Señor,
asombrosamente,
ha redimido a toda la humanidad.
También el trabajo humano.
Con su resurrección
inicia un nuevo mundo
en el que cada esfuerzo y cada pena,
sea el ámbito que sea,
tendrán recompensa
y su lugar cuando Él vuelva.
El Espíritu nos llena de esperanza.
El Espíritu nos llena de confianza.
El Espíritu nos llena de fe.
Aunque a veces las tinieblas nos cerquen,
ominosas,
como en estos tiempos de pandemia.
Que, por su Espíritu, por Tu Espíritu,
presente entre nosotros
y las mejores intuiciones
y energías de la humanidad,
se convierta en el quehacer de cada día,
en nuestras familias,
en nuestros trabajos,
en nuestras relaciones,
en alimento concreto y eficaz
de humanización de las personas
con las que nos encontremos.
Señor nos acordamos hoy especialmente
de todos los hombres y mujeres,
de todos los jóvenes
cuya vida de pende de un sueldo modesto
y a veces miserable.
Nos acordamos también
de los que no tienen trabajo
porque la crisis económica de la pandemia
arrasa las áreas más vulnerables
de nuestras ciudades y regiones.
Además, recordamos especialmente
a los que trabajan en condiciones
que vulneran sus derechos
en condiciones que les hacen enfermar,
en condiciones infrahumanas
en tantos y tantos
campos,
fábricas,
comercios
de tantos y tantos lugares
de las periferias del poder económico y político.
Dios del universo,
de la vida,
de la historia,
de la humanidad,
Tú, que eres capaz de convertir los corazones
de maneras que sólo Tú conoces.
Haz que nuestro recuerdo de Cristo
no se quede en sólo palabras
sino que sea un testimonio
y una acción eficaz
de que otro mundo,
otras relaciones,
otra economía es posible:
una economía que ponga a la persona
y al bien común en el centro de todos los procesos
y de los medios y de los fines,
de todas las leyes,
de todos los ideales,
de todas las organizaciones humanas.
Una economía que busque
cuidar la vida,
toda la vida,
y no satisfacer la insaciable sed de oro,
origen de tantos y tantos males.
Danos fuerza y paciencia
para seguir sembrando unión y solidaridad,
para seguir siendo testigos
de la posibilidad de un mundo
que crece como Tú deseas:
que todos tengan vida y vida en abundancia,
un mundo en el que llegue
a todos los hombres y mujeres de la Tierra
la parte adecuada de los frutos de su trabajo
y la retribución justa a su tiempo.
Que todos juntos,
cada uno en la hora que le toca hora
y en el puesto que los remolinos
de la sociedad y de la historia
nos ha tocado en suerte,
según tu Providencia,
siempre amorosa
aunque a veces tan oscura,
e incluso, inescrutable,
colaboremos
colaboremos en la construcción
de ese mundo que ya ha empezado
y que camina, según tus designios
hacia la recompensa final
por los siglos de los siglos.
Amén.