¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE LA FAMILA
(Matrimonio, trabajan ambos, tres hijas, pertenecen a movimiento seglar)
El texto hace que nos planteemos la necesidad de revisar el grado de desprendimiento reinante en nuestra familia, de abandono en Dios, de anteposición de la necesidad del otro minimizando la nuestra propia. Debemos ser críticos con nosotros mismos, y advertir la tendencia a sentirnos auto-complacidos por el solo hecho de desprendernos de algo que en realidad nos sobra, no nos sirve o, simplemente, ya no nos gusta; algo de lo que, en definitiva, no nos duele privarnos, prueba evidente de que aún no hemos puesto el 100% de nuestra confianza en el Padre Bueno, en la Buena Noticia de Jesús; de que seguimos poniendo nuestras seguridades, nuestra tranquilidad, nuestra confianza, en el tener, en el acumular, en el reservar, en el disponer de… Es también difícil transmitir esa actitud interior a nuestras hijas (que se parecen bastante a la viuda del relato, en tanto no disponen por sí mismas de la posibilidad de atender sus necesidades más básicas), cuando el afán de tener esto y aquello impera en su entorno, y cuando queremos “protegerlas” frente a cualquier carencia (dentro de un orden). Intentamos introducir “consciencia” y algo más. Nos encantaría que, al menos, renunciaran a los regalos que reciben de nuestra parte en ocasiones señaladas y que cedieran su importe en beneficio de otros, porque ese dar, para que esté impregnado de Evangelio, tendría que doler un pelín, tiene que tener el regusto de cierta privación, de cierta renuncia, como el de la viuda del relato. Como padres estamos llamados a darles el mejor testimonio posible al respecto, porque ya se sabe del largo alcance de “Fray Ejemplo”; no obstante, somos conscientes de lo escaso y escueto del que les ofrecemos en estos momentos; nos proponemos profundizar, ir más allá del punto en el que nos encontramos; por lo pronto algún pequeño paso, pero sería estupendo que en un futuro no demasiado lejano los cinco fuéramos capaces de sentarnos, proponernos un “plan de austeridad familiar” en el que elimináramos lo superfluo, redujéramos nuestra necesidades, viviéramos con mayor sencillez, y que ello redundara no solo en beneficio de otros, aliviando su necesidad, sino también la de nuestra propia familia de crecer como ciudadanos del Reino.
DESDE LA MISIÓN
(Mujer, divorciada, trabaja, dos hijos, participante en experiencias misioneras, pertenece a grupo seglar)
La maestra Carmen de Humahuaca se parecía a esta viuda pobre. Ella también vivía pobremente, en una habitación alquilada en medio del cerro, aprovechando la luz del día para preparar sus clases, porque al ponerse el sol ya sólo se podría alumbrar con las velas; aun así, contenta de tener acceso a un pequeño aseo que estaba “saliendo de la habitación al cerro, cuatro montículos de tierra y varios peñascos a la izquierda”. A pesar de las condiciones tan humildes de su vida, ¡se preocupaba por nosotros!, por si tendríamos bastante para comer, por si pasábamos frío… Comida nos sobraba, no sólo porque hubiésemos llegado al valle suficientemente provistos (de lo poco que había, arroz, pasta, patatas, y algunas latas de cosas proteínicas indefinidas, que en cualquier caso servían para quitar el hambre), sino también porque, no sólo ella, que vino un día con tres hogazas de pan que consiguió que le vendiera una vecina que hacía pan para su propia familia, pero ella quería que lo pudiésemos comer también nosotros y la convenció, sino otras varias mujeres que se acercaban casi a diario a ofrecernos lo poco que tenían, pero que lo querían compartir con aquellos misioneros que habían venido de lejos para recordarles que para Dios ellos eran importantes: la señora Marcela, que nos trajo tres alitas de pollo; Primitiva, que nos mandó con su hija una bolsa de yogur… La entrega y valentía de muchas mujeres del Sur llega más allá, porque no sólo comparten lo poco que tienen, sino que son capaces de motivar a los demás para que no olviden hacerlo. Como Mai Mafutsa, encargada de la economía de su sangano diki (comunidad de base) en la Misión de Zhomba (Zimbabwe), que no dudaba en recordarles a sus hermanos de comunidad que había que cumplir el compromiso que tenían para con la misma. Allí no sirve justificarse con eso de que “este mes ya he echado suficiente en el cesto, ya lo haré otro día…”. Allí ellos nunca se ponen los primeros, o quizás es que vivir la Iglesia para ellos es lo primero, y en ello vierten sus mayores esfuerzos. No es extraño que Dios sienta ternura por ellos, como Jesús se emocionó al ver a la viuda pobre echando sus dos reales. Son sus predilectos.
Jesús ensalzaba continuamente a las personas sencillas y humildes, pero de buen corazón. Son las que siempre pone de ejemplo, como modelos a seguir para construir el Reino. Deberíamos ser capaces de mirarnos en ellos.