SEGUNDO PASO: MEDITATIO

¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.


DESDE LA FAMILA
(Matrimonio, trabajan ambos, tres hijas, pertenecen a movimiento seglar)  

Cuantos valores para trabajar en familia los de Bartimeo!

Fe “ciega” en la compasión de Jesús, expresión de la misericordia infinita del Padre Bueno; fe-confianza que es la que marca la diferencia (“tu fe te ha curado”). Contra corriente, contra el mundo, contra el ambiente (lo regañaban para que se callara, pero el gritaba más). Que se atreve a dar el gran paso (de estar sentado al borde del camino pasa a dar un salto y acercarse a Jesús, despojándose de su lastre, soltando el manto). Que tiene ansia por entender (“que pueda ver”) y que una vez entendido (recobrada la vista), el seguimiento no es una opción, va de suyo (lo seguía por el camino)

Como padres queremos educar en la independencia de criterio, en que no se dejen arrastrar por el ambiente de secularización reinante, donde Dios no cuenta para nada, donde la fe en Él es inconfesable por respetos humanos; la salida al mundo propia de la primera juventud, la exaltación del consumismo, del hedonismo, del individualismo, de la imagen, constituyen una importante prueba de carga. Alternando con nuestra preocupación, la esperanza de que la semilla plantada aguante el temporal: caemos en la petulancia de creer haberlo hecho bien, olvidando que es Dios el que actúa en cada persona en cuanto se está dispuesto a dejarle hacer; que está al acecho y que, a poco que le rondemos, nos llama de inmediato a su proximidad; que, en definitiva, todo es don de Dios, como lo entendió Bartimeo

El texto nos urge a revisar en familia nuestra percepción de la Buena Noticia, a darnos cuenta que tendemos a dar por sentado que ya lo sabemos todo sobre Jesús, que creemos agotada la capacidad de que nos sorprenda (¡cuan equivocados! ¡ni siquiera hemos empezado! ¡está todo por descubrir!) A que debemos tener y transmitir a nuestras hijas voluntad de “consciencia”; de querer “ver”, como Bartimeo; de querer abrirnos a la acción de Dios; de dejarnos ayudar, de dejarnos hacer por Él, al igual que este bendito ciego. Nos impulsa a que nos animemos entre nosotros cinco a dar ese salto confiado hacia los brazos del Padre; a cultivar con ahínco una fe impregnada de confianza filial que aún nos falta.

Una lectura reciente nos invitaba a no insistir tanto en que buscamos a Dios cuanto en que Él nos busca, nos llama; que el camino de la fe consiste en aprender a dejarnos amar por Dios, en dar el salto, una y otra vez, al Dios del amor y la misericordia  ¡bien por Bartimeo!


DESDE LA MISIÓN
(Mujer, divorciada, trabaja, dos hijos, participante en experiencias misioneras, pertenece a grupo seglar)

En los valles de la Prelatura de Humahuaca, a más de 3.500 metros de altura, con un cielo limpísimo sin una sola nube durante la mayor parte del año, el sol brilla implacable y daña mucho la vista. Unido a la ausencia casi absoluta de asistencia médica especializada, hace que muchas personas se queden ciegas o con poca vista de manera prematura; y las dolencias como las cataratas, que aquí nos arreglan en un abrir y cerrar de ojos (nunca mejor dicho…), son imposibles de curar. Hay una sucesión inmensa de enormes cerros, laderas pedregosas, precipicios que dan vértigo; los caminos sólo son senderos de animales, y al ir perdiendo la vista, las personas se van recluyendo en sus casas, algunas ya no salen de allí, el único sitio donde se sienten seguras, donde no tropiezan.
Al verlas a ellas es cuando mejor he entendido la liberación que sentimos cada vez que el Señor se para a nuestra vera, cuando estamos al borde del camino, y nos pregunta “¿qué quieres que haga por ti?”. Ser sanados por su Palabra nos permite recobrar todo lo que hemos perdido en la vida, como esas personas de la montaña, que no sólo han perdido la capacidad de ver lo más inmediato que está a su alrededor, sino también de salir al encuentro de todo lo que han abandonado, lo cercano y lo que está más lejos. Al no poder ver perdemos la libertad. Nos quedamos al borde del camino, fuera de la vida.
Pero Jesús pasa continuamente a nuestro lado y tenemos la oportunidad de hacer como el ciego Bartimeo: ¡gritarle! ¡Ten compasión de mí!. Gritarle una y otra vez aunque la gente nos quiera callar. El Señor siempre está dispuesto a curarnos la ceguera. Sólo hace falta que se lo pidamos. Lo demás ya es trabajo nuestro: seguir a su lado por el camino.


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