¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE LA FAMILA
(Matrimonio, trabajan ambos, tres hijas, pertenecen a movimiento seglar)
El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Esta exhortación de Jesús también alcanza a nuestra familia como la comunidad de vida que somos. El amor es servicial, nos recuerda también S. Pablo. Y sin embargo, nos percatamos de que, en nuestro contexto familiar, con frecuencia nos olvidamos del servicio como seña de identidad cristiana, como muestra de adhesión a Jesús, como vivencia de plenitud humana; nos falla el servicio como proyecto de vida. Dentro de la familia solemos percibirlo como un impulso espontáneo, una disposición que nos sale naturalmente en virtud del cariño que nos tenemos. Y, aún así, muchas veces la pereza nos vence; nos sentimos exhaustos; racaneamos a la hora de prodigarnos en favores entre nosotros; como poco, protestamos; hacemos verdad aquello de que “donde hay confianza, hay asco”.
Con las niñas, en la etapa vital que atraviesan de adolescencia/primera juventud, en que cada una de ellas es el centro del universo, ya es difícil de por sí inculcarles el espíritu de servicio como valor humano, no digamos como valor cristiano. Nosotros, como padres, también tenemos que auto-educarnos a este respecto. Estamos trabajando para que los cinco nos sintamos responsables de los demás, dentro y fuera de la familia; pensamos que ese sentimiento de responsabilidad nos llevará al servicio y a través de él posibilitaremos pequeños trocitos del Reino. En esta tarea, hemos encontrado un apoyo impagable en el colegio, en los grupos de pastoral vinculados a él, en el grupo scout (“¡siempre listos para servir!”), en las experiencias de servicio que uno y otros proponen (recogida de alimentos, acompañamiento de ancianos y enfermos, cuidado de hijos de madres en situación de gran dificultad,…).
Pensamos que si descubriéramos la felicidad que hay en el servicio al otro, no solo para ese otro, sino para nosotros mismos, si consiguiéramos ver, nosotros como padres, y hacérselo ver a nuestras hijas, lo gratificante y liberador que resulta desapegarnos de nosotros mismos, de situarnos en la perspectiva del otro, en su necesidad, en su dificultad, y abandonar la nuestra (las pocas ganas, nuestros planes, …) no nos faltaría motivación para el servicio, aunque debería bastarnos para hacerlo el confiar en Quien nos lo propone. Al final, termina siendo una cuestión de fe, de fe-confianza.
SEGUNDO PASO: MEDITATIO
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