SEGUNDO PASO: MEDITATIO

¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.


DESDE LA FAMILA
(Matrimonio, trabajan ambos, tres hijas, pertenecen a movimiento seglar)  

En una primera aproximación nos parece que en la familia va de suyo que no existe esa tendencia al predominio sobre el otro; que el amor “servicial” es intrínseco a nuestra realidad familiar; que el volcarnos con el más débil, con el más necesitado de nosotros, es prueba superada.

Sin embargo, inmediatamente nos damos cuenta que no es así: que a veces nos “tiranizamos” entre nosotros con exigencias, que con harto frecuencia imponemos al resto de la familia los agobios, las “neuras”, los malos humores, las perezas, de cada uno; que desgraciadamente son demasiadas las ocasiones en las que pretendemos imponer al otro nuestro criterio, nuestra razón, sin la más mínima apertura a los suyos (¡ay, nuestro ego!, el gran adversario); incluso a nuestras hijas, en aras de nuestro “superior criterio”, a veces le imponemos cuestiones de tipo menor que no tienen otra razón de ser que para nosotros son así porque siempre las hicimos así, no dejándoles espacio para expresar su singularidad, y eso nos parece un punto “opresor” (nos viene el recuerdo de cómo pretendíamos imponerle a nuestra hija mediana una determinada manera de hacer su cama, cuando con la suya se obtenía el mismo resultado final).
Y vemos que necesitamos depurar nuestra disponibilidad en familia: muchas veces nos falta la atención al otro en su pequeña necesidad, en la menos ostensible, en la más callada; nos dejamos llevar por la comodidad y que el otro sea el que “tire del carro”, el que se “entregue” en y por la familia; nos instalamos en el victimismo, en el quejío, y conseguimos centrar la atención sobre nosotros mismos; o bien nos falta gratuidad en nuestra entrega, llevamos la cuenta (“pues bien que tú cuando…”, “pues yo te …”), pasamos factura, pretendemos reconocimiento y agradecimiento, nos sentimos resentidos si no llegan,  y nos percatamos de que así nos alejamos de la propuesta de Jesús: la de la entrega al otro sin esperar nada a cambio, sintiéndonos siervos que solo hemos hecho lo que debíamos hacer, o como ese niño, carente de consideración alguna en aquella Palestina del siglo I, al que Jesús nos propone acoger en nuestro interior; el tipo de entrega que Él nos ejemplifica con su testimonio de vida y su muerte entregada a manos de los hombres.


DESDE LA MISIÓN
(Mujer, divorciada, trabaja, dos hijos, participante en experiencias misioneras, pertenece a grupo seglar)

¡Estaban con Jesús y aun así no se enteraban de nada! Se los lleva aparte, se dedica a ellos, les enseña… pero no entienden. ¡Qué santa paciencia la de Jesús! Les está anticipando su pasión, su muerte, su victoria… y ellos pensando en quién es el más importante. Nosotros también nos bloqueamos cuando no entendemos algo, o cuando no lo aceptamos, y en vez de dejar que las palabras de Jesús calen bien hondo y se llenen de significado en nuestra propia vida, nos inventamos nuestra propia película, en la que siempre queremos ser los vencedores, claro. “Si Dios me ha escogido para ir a su lado en esta misión, tengo que ser importante; seguro que lo soy más que los otros; que tengo más razón que ninguno; ¡qué sabrán estos!” Cuántas veces no habremos pensado así. Peor mientras más inteligentes nos creamos. Pero no es así como Dios me quiere. Su lógica nunca es nuestra lógica. A la hora de la verdad, sólo sirve hacerse pequeños, humildes, quitarse importancia, y servir. En nuestra sociedad súper protectora, a veces nos sorprende que Jesús ponga como paradigma de la acogida y del servicio el acoger a un niño. ¡Con lo tiernos que son! Son suaves, sonríen, juegan, son espontáneos… ¡Quién puede no querer y acoger a un niño! A medida que bajamos en la escala de confort de una sociedad, cuando los recursos empieza a ser muy limitados, cuando no sobra nada, los niños pasan a un segundo plano y no son lo más importante ni son el centro de nuestras vidas. Simplemente la vida es tan dura y hay tantas cosas que hacer que no hay tiempo para ponerse a jugar con un niño. Ese niño que Jesús pone en medio y abraza, representa nuestros molestos ancianos, molestos porque ya no sirven; nuestros molestos inmigrantes; los diferentes; nuestros desechados. Normalmente no tenemos tiempo para ellos. Sin embargo, ellos son el modelo que Dios escoge.


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