¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
(matrimonio, padres de dos niños, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana)
Nos encanta estar juntos, nos encanta las vacaciones no porque no queramos trabajar, no porque seamos gandules, pero sí porque es la oportunidad de pasar mucho tiempo juntos, nosotros dos y con nuestros hijos. Mientras, vamos haciendo encaje de bolillos para robarle un ratito al tiempo y tener un espacio para nosotros dos. Cuando estamos juntos, sin más aspiración que estar, sin otras ocupaciones que ronden nuestra cabeza, sin otros intereses aparte que mirarnos, aburrirnos incluso juntos, perder el tiempo entre nosotros, nos sentimos bien y deseamos que el instante se eternice, se haga imperecedero. Pero aunque no entendamos nada de lo que Dios pretende con nosotros, aunque nos sintamos en ocasiones atemorizados como sus discípulos, ¡qué bien estamos junto a El! ¡Cómo nos gusta estar juntos! De vez en cuando hay que subir a la montaña, sin olvidarse de lo demás, pero buscando nuestros montes y subiendo de tanto en tando, para disfrutar de la presencia privilegiada del otro y sobretodo, del Señor.
DESDE LA VIDA COTIDIANA
(hombre, casado, dos hijos, trabaja, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)
Uno de los hábitos que mantengo desde hace algún tiempo es el de realizar ejercicios espirituales una vez al año. Acudo a ellos siempre con la esperanza de desconectar del mundo, salir de la rutina y dedicar mayor tiempo a Dios y a la oración olvidándome de preocupaciones. Frecuentemente, los ejercicios me permiten sentir de manera particular la presencia y cercanía de Dios, y descubrir con gratitud todo lo que Él me ha dado. No soy capaz de decir si, en el fondo, llega a ser una experiencia medianamente semejante a lo que pudieron vivir Pedro, Santiago y Juan cuando subieron aquel día con Jesús al monte, pero reconozco muchos elementos similares: el retiro, cómo cobran sentido muchos aspectos de tu vida que reconoces como momentos importantes de tu historia de la salvación,… pero sobre todo, disfrutar de Dios y volver a escuchar de manera nítida cómo me interpela. Supongo que, en el ambiente de intensa oración de unos ejercicios espirituales, es más fácil. Lo que ocurre es que, de vez en cuando, Dios me sorprende con alguna experiencia igual de intensa en medio de mi rutina cotidiana. En circunstancias de lo más variopintas o insospechadas, de repente descubro a alguna persona -cercana o desconocida- que capta mi atención por su entrega a los demás de manera desinteresada, con naturalidad y sin parafernalias, poniendo todo el amor del mundo incluso en el más pequeño detalle. Son personas que, aún sin ser conscientes de ello, me hablan de Dios, me MUESTRAN a Dios: son para mí un reflejo de su gloria que se manifiesta y se hace presente en el mundo, en lo cercano… Y mientras las contemplo y disfruto de su testimonio, de algún modo también soy capaz de reconocer la voz de Dios que me dice: ¡Fíjate bien! ¡Ahí está mi Hijo Amado!, ¡Escúchalo!
DESDE LO SOCIAL
(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)
No sé si a ustedes les pasará como a mí, que necesito de tanto en tanto de experiencias íntimas fuertes de luz para que la fe y la esperanza sigan echando raíces y creciendo en mí. Aunque sí conozco a algunos creyentes -como yo- de fe no demasiado fuerte, que de vez en cuando -sin saber bien cómo- “perdemos de vista al Señor”, se nos escabulle, y más bien pronto nos encontramos perdidos, dudando, desconfiando secretamente de que Él es Dios. A pesar de todas nuestras experiencias pasadas, a pesar de tantas pruebas como ya hemos recibido.
Perdemos el norte, alejados de su presencia, y por ello la conversión -a la que en cuaresma se nos invita especialmente- se nos presenta como un esfuerzo ímprobo, una cuesta demasiado empinada que sólo algunos “superdotados” son capaces de subir.
Por eso me gusta el pasaje de hoy. La transfiguración se me asemeja a esas experiencias vivas de la presencia de Dios que todos -espero- hemos tenido alguna vez. Ellas nos recuerdan que Dios no quiere que lo releguemos a los templos, quiere estar cotidianamente vivo en nosotros, compañero continuo de viaje. Quiere que subamos a la montaña para estar con Él, y quiere que después bajemos para estar en el mundo.
Creo que los cristianos estamos llamados a hacernos presentes en los distintos ámbitos del mundo, en el laboral, en el cultural, en el social, en el económico… porque ésa es la encarnación que el Señor espera de nosotros. Pero nuestra presencia no puede tener otro sentido -pienso yo- que el de transformar esos ámbitos, radicalmente, impregnándolos de los valores del Evangelio y de ése estilo de vida distinto, alegre, humilde y austero, que Dios implanta en los que viven en sus brazos.
Y creo que para ello necesitamos, como los apóstoles, haber presenciado -alguna vez siquiera- la gloria y la ternura de Dios. Así no nos costará tanto asentir, y dejaremos que Dios haga en nosotros el milagro: morir al deseo de control y de seguridad, y resucitar como pobres de espíritu.
Yo le doy gracias a Dios porque Él siempre está a la espera de que nos volvamos de nuevo hacia Él, y le pido que, en esta cuaresma, nos ayude a ser capaces de detenernos por un tiempo, hacer silencio y escucharlo.