SEGUNDO PASO: MEDITATIO

¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.



DESDE LA VIDA COTIDIANA
(hombre, casado, dos hijos, trabaja, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)  

Hay días que tengo la sensación que todo el mundo grita a nuestro alrededor. Oyes tertulias en la televisión o en la radio, sean políticas, sociales o deportivas, y notas cómo los que hablan se esfuerzan en imponerse a los demás, como queriendo suplir con decibelios la falta de argumentos que sustenten sus opiniones. El grito se convierte no sólo en un escudo con el que ponerse a la defensiva, sino también en un arma de ataque para impedir que el otro consiga expresarse, exponer sus ideas y hacerse escuchar. Uno podría pensar que esto sólo ocurre en los medios de comunicación porque, en el fondo, todo es simplemente parte de la farándula, de una búsqueda del morbo o del espectáculo. Pero lo curioso es que este tipo de actitudes yo las encuentro también en los corrillos o charlas más cotidianas, de andar por casa. Sin ir más lejos, tengo algunos amigos -excelentes personas- con las que me encanta charlar, pero con las que discrepo abiertamente en determinados temas, especialmente en materia de fe. En más de una ocasión, hemos tenido enfrentamientos dialécticos considerables. Hoy en día, al menos en mi entorno social, es complicado dar testimonio de tus creencias sin que se te echen a la yugular aquellos que no las comparten. Es habitual, incluso, que para rebatir algunas cuestiones, acudan a la burla, al menosprecio, al grito… Y si hay algo que he aprendido de todos estos debates con mis amigos es la importancia de ser coherente en tu vida con lo que vas diciendo de palabra. Porque dar argumentos y razones de tu fe provoca que salgan a la luz muchos “demonios y espíritus inmundos” en forma de exabruptos. Pero llevar una vida coherente con mi fe me da cierta “autoridad” que en algunos casos me ha permitido expulsarlos y erradicarlos, -al menos- de nuestras conversaciones. Supongo que la mejor prueba de ello es que,  a pesar de su manifiesta hostilidad a todo lo que suene a iglesia, a religión o a cristiano, seguimos manteniendo nuestra amistad mutua, y respetan a su modo mis valores y creencias aunque no las compartan ni las entiendan.  Ahora bien: no dejo de orar y pedirle a Dios que me ayude a eliminar las numerosas incoherencias de mi vida, porque ¿cuántas personas habré alejado de Dios por la poca “autoridad” y credibilidad que se han podido desprender de mis palabras, actos o sentimientos?


DESDE EL TRABAJO
(matrimonio, ambos empleados de empresa, con dos hijas, pertenecen a comunidad cristiana)  

Enseñar con autoridad. Todos hemos vivido experiencias en las que alguien nos enseña o nos acompaña con autoridad. Son muy buenos momentos, disfrutamos, ansiamos mejorar, esa persona nos da vida. Es una autoridad que nos amplía el horizonte, no oprime ni obliga.
Este año ha sido un año excepcionalmente duro de trabajo en mi empresa, para todos los empleados. Unos más y otros menos han sacrificado vacaciones, tiempo familiar, tiempo de descanso… y después de todo esto, en la comida de Navidad de la empresa, un empleado, uno de los que más ha sufrido, habló espontáneamente a todos. Dio cuenta de cuánto tiempo habíamos perdido de vida dedicándola al trabajo, pidió que fuéramos conscientes de ello y que cada uno de nosotros y entre todos trabajáramos para que esto no ocurriera, que no se repitiera el año que habíamos pasado. Fueron palabras sinceras, inesperadas y que calaron. Esta ha sido la última experiencia que he tenido en la que alguien me enseñó con la autoridad con la que Jesús enseña.


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