¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE LA FAMILIA
(matrimonio, ambos trabajan, con tres hijos, pertenecen a comunidad cristiana y movimiento seglar)
Los niños hacen preguntas sobre la muerte desde pequeños, preguntan por los familiares que no están o por las muertes que ocurren, es impresionante que a ellos es algo que les parece natural. Nosotros además como cristianos tenemos la suerte de creer que no todo termina ahí, tras la muerte llega la otra vida, una vida mejor. Me siento afortunada de poder explicar así a los niños qué es lo que pasa después, tras esta vida. Es un misterio, el misterio de la resurrección, pero lo que es seguro es que es una vida mejor. Eso a ellos les llena de tranquilidad, de normalidad y se van a seguir con sus cosas sin más. La muerte impresionante de Jesús nos recuerda ese paso a la nueva vida, su resurrección nos llena de esperanza en la vida nueva que nos espera.
DESDE LA MISION
(hombre, soltero, estudiante, experiencia de Misión, pertenece a comunidad cristiana)
Una de las cosas que más nos llamó la atención de la cultura del país en el que estuvimos de misión, fue que en las casas, en los patios podríamos decir, había restos de piedra dispuestos de manera curiosa, como formando un cerco rectangular. Preguntamos y nos dijeron que se trataba de tumbas. Enterraban a sus familiares dentro de sus propiedades, cerca de donde dormían. Ellos creen mucho en los espíritus. Creen que, durante un año tras la muerte de un familiar, el familiar aún convive con ellos a través de su espíritu. Ellos sienten su presencia, y le hablan y le cuentan sus cosas, y les ayuda a superar el duelo. Pasado el año, invitan al familiar a “irse”, a ir “más allá”, con el Señor. Y lo hacen mediante un ritual curioso que consiste en romper la piedra del pequeño monumento funerario.
Nos sobrecogió el testimonio de una familia que había visto perecer a una hija muy joven, una niña. Fue muy doloroso. Más aún en una cultura donde no se suelen mostrar tan a flor de piel los sentimientos como en nuestras culturas latinas y mediterráneas. El dolor del abandono de Dios hacia esa familia estuvo muy patente. Pero debió ser un consuelo sentir el espíritu de la hija al lado de su familia, conviviendo aún como uno más mientras todos se empezaban a acostumbrar a la falta de su presencia. El romper la piedra de la lápida pasado el año, significó un consuelo aún mayor: el de la certeza de que la muerte no tiene poder, la certeza que sintieron también los apóstoles al comprobar que la lápida estaba corrida y que no estaba el cuerpo del señor dentro del sepulcro.
El padre rompía la lápida de su niña con la misma fuerza con la que Dios “rompe” nuestro estado de muerte para cogernos de la mano, y llevarnos junto a Él hacia el culmen de nuestra vida. Una vida donde sólo existe el Amor y la Lu. Donde tu pasado, tu presente y tu futuro se funden en uno, en la certeza de que ya siempre será “hoy”, y en ese “hoy” eterno sólo la mirada de Dios nos sostiene y nos conforta por lo siglos de los siglos.