¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE LA ACCIÓN MISIONERA (En el octubre Misionero)
(mujer, casada, trabaja, 2 hijas, responsable de ONG-D, pertenece a comunidad y movimiento seglar)
Hay dos aspectos que me llaman especialmente la atención de este Evangelio. El primero de ellos es la dureza con la que Jesús habla de los escribas. Sin tapujos, ni contemplaciones, el Señor se revela contra quienes ponen la imagen, la vanidad, el poder o el dinero por encima de Dios y de los hermanos. Así dicho tiene todo el sentido, pero lo asombroso es que Jesús pone nombre propio a esas personas y las señala. Y yo me pregunto: ¿en cuántas ocasiones yo también me comporto como los escribas? ¿cuantas veces le he fallado al Señor y me ha tenido que señalar?
El segundo aspecto que me llama la atención es la generosa y misionera actitud de la viuda; no dar lo que me sobra, sino lo que necesito para vivir. ¡Qué gran reto! La “viuda pobre” es para mí todo un ejemplo e imagen visual de desprendimiento y entrega; puedo imaginármela débil y desapercibida acercándose a entregar su ofrenda, pero con el corazón lleno de Fe y Amor.
Señor, ayúdame a ser más desprendida y pobre, para realmente ser cada vez más misionera en el mundo que me rodea.
DESDE LA FAMILIA “En el año Familia Amoris Laetitia”
(mujer, casada, cuatro hijos, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)
Cuando vives para quedar bien con la sociedad, te esclavizas, pero cuando te desapegas hasta de lo que necesitas para vivir, te liberas.
Este pecado es muy antiguo, como la serpiente: el poder, la vanidad, buscar que te adulen, agradar a todos, ser reconocido, sentirse importante y respetado, seguir los dictados social y políticamente correctos… Entonces ¿es que tenemos que ser asociales? no. Pero tenemos que ser fieles a Cristo, Camino, Verdad y Vida, en todo momento. Y esta fidelidad sólo es posible rompiendo las ataduras de nuestra mundanidad. Para ello tenemos que poner nuestra voluntad al servicio de Cristo. Y duele. Claro que duele. Sin embargo si nuestra confianza está puesta en Él, nada nos faltará. Nada.