¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
LA CUARESMA DESDE UN SEGLAR
(hombre, casado, 2 hijos, trabaja, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)
La palabra que más se repite en este evangelio es LUZ. Sin ella nada podemos hacer, ni creyentes, ni agnósticos, ni ateos. Sin embargo la forma de entender su existencia y sobre todo la influencia en nosotros es bien distinta. Para nosotros, los seguidores de Jesús, su fuente de energía es inagotable, en su palabra, en su presencia, en la oración, en la actitud del hermano. Hay épocas en que se nos hace muy difícil encontrar el interruptor, momentos en que vamos a tientas. Conviene pararse y caer en la cuenta que el interruptor sigue ahí, que las luces pueden encenderse pero que nosotros no tenemos la visión clara, o hemos cerrado los ojos. Procede analizar porqué no queremos o no podemos ver La Luz, ponerlo en SU presencia para que lo ilumine, ya sea una dificultad del día a día o una tragedia que nos atraviesa el alma. No es fácil, ni inmediato, pero merece la pena, porque volver a su fuente de luz nos serena y tranquiliza, y a la vez nos da fuerzas y ganas para entregarnos a los demás. Y a partir de aquí sucede algo muy curioso, que Jesús no solo nos ilumina el camino, la vida, los pasos, sino que nos da algo de esa luz, que proyectamos en los demás para ayudar a iluminar el camino de los hermanos que estando en dificultad; porque no ven o no encuentran su interruptor; dirán “Tengo un momento de ceguera, pero Dios me ha puesto a este hermano que me ha ayudado a ser luz” y ésta a su vez proyectará La Luz a otro hermano que…
Lo que lo enlaza con la otra parte del evangelio, por eso es tan importante estar del lado de Dios y cumplir su mandato sobre nosotros que no es otro que el del amor, porque cumpliéndolo no solo hacemos feliz al Creador sino que le ayudamos a construir su Reino en la Tierra a través de La Luz que desprendemos en otras personas.
DESDE UN PADRE DE FAMILIA
(Hombre, casado, padre de dos hijos, trabaja, pertenece a movimiento eclesial)
La capacidad de adaptación del ser humano es algo que siempre me ha sorprendido. En los tiempos actuales, en los que nuestra vida discurre a gran velocidad, cada día somos capaces de desplegar mayor actividad y atender con naturalidad (o no) multitud de frentes distintos, sin morir en el intento (al menos, no siempre, permitidme la ironía).
Pero igual que adquirimos unas capacidades perdemos otras. Nuestra vida, y más si cabe la de nuestros hijos, está sujeta a multitud de estímulos distintos, que pugnan por captar su interés. Nunca antes como ahora habíamos tenido acceso a tanta “distracción”, tan dispar, procedente de tantas fuentes distintas. Por momentos nuestra vida, y tanto más la suya, parece discurrir con una pantalla por todo horizonte y sujeta a algoritmos que nos mediatizan y condicionan, y con unos sentidos cada vez más embotados que nos dificultan sobremanera, en un ambiente, de una u otra forma, crecientemente hostil, percibir la presencia de Dios en nuestras vidas.
También Nicodemo vivió en un ambiente hostil al Señor. Es verdad que en su cultura la religión tenía una presencia capital y que los fariseos como él gozaban de un profundo conocimiento de las Escrituras, pero precisamente ese conocimiento encorsetado les impedía descubrir en Jesús el rostro de ese Dios que el Señor viene a revelarnos.
Nicodemo fue capaz de escapar de los delimitados márgenes que le condicionaban y, aun a escondidas, buscar el encuentro con el Señor. No sé cuál sería el motivo último que le movería a ello, si efectivamente eran las señales que Jesús venía realizando en Jerusalén o el anhelo último de Dios que, estoy convencido, se encuentra grabado en el alma de cada ser humano, pero si sé que el encuentro con el Señor es capaz de cambiar una vida. Creo (y esto ya lo he dicho en alguna ocasión) que en nuestro debe como padres que un día pedimos el bautismo para nuestros hijos se encuentra seguir propiciando su encuentro con el Señor, aun “a escondidas”, con paciencia, respetando su libertad última, pero sabedores en última instancia de que en ese encuentro que les deseamos radica el camino, la verdad y la vida.