SEGUNDO PASO: MEDITATIO

¿Qué nos dice el texto?

Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.

DESDE LA ENFERMEDAD

(mujer, casada, jubilada, convaleciente, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)

Jesús se dejó tentar sí, pero no dice que cayera en la tentación. Nosotros  somos tentados muchas veces y por muchas cosas,  a veces de formas tan paradójicas que no sucumbir a ellas es toda una proeza, pienso que en ocasiones son pruebas  para reafirmar nuestra conducta  y nuestra fidelidad a lo que somos y creemos.

He caído en la tentación de  las excusas, pero llega un momento en que ya no valen, ya no cuelan… no  importan las circunstancias que me rodeen, si estás cansado, si estás enfermo, vencido. ¡No quiero ni puedo poner más excusas!.

He caído en la tentación de evadirme para no afrontar la realidad tal como se presenta, sobre todo cuando la percibo como una amenaza, algo que me crea malestar o puede provocarme daño, es verdad que afrontar según qué problemas no es fácil, pero meter la cabeza debajo del ala no es la solución. ¡No quiero más miedos! Llega el momento de plantarle cara a esta tentación.

He caído en la tentación el mirar para otro lado: no me gusta lo que veo, no me gusta donde estoy metida, no me gusta enfrentarme… Pero no mirar no significa que no pase nada solo me hace perder la oportunidad de cambiarlo. Quiero mirar de frente, decidir, actuar, hacer…  Es momento de charle valor

He caído en la tentación la exculpación, esos alegatos que hacemos para descargarnos de la culpa y eximirnos de la responsabilidad que nos toca o para acallar nuestra conciencia. Se acabó el exculparme, hay que asumir la falta. 

En el Padre nuestro no le pido al Señor que no tenga tentaciones sino que no me deje caer en ellas como hizo él, no más excusas, no más evadirme, no más mirar para otro lado, no más  exculparme, lo que toca es comprometerse  de verdad por su causa, a pesar de las circunstancias adversas. nuestra vocación de discípulos de Jesús quedaría vacía y sin sentido si no vivimos entusiasmados por la razón que dio sentido a su vida.

DESDE UN PADRE DE FAMILIA

(Hombre, casado, padre de dos hijos, trabaja, pertenece a movimiento eclesial)

El breve recorrido por el tiempo ordinario que iniciamos semanas atrás llega momentáneamente a su fin con el inicio de la Cuaresma y su leitmotiv principal: Convertíos y creed en el Evangelio.

Este año, en casa, durante la cena del miércoles tras la imposición de la ceniza, nos propusimos con los niños (o, para no engañar a nadie, les propusimos a los niños) vivirla con intensidad, siendo conscientes de que la liturgia nos brinda una oportunidad pintiparada de volver nuestro corazón al Señor y recorrer de su mano el camino que nos conducirá hasta la Pascua de Resurrección.

No siempre resulta una tarea sencilla. Lo primero, porque a veces somos sus propios padres los que peregrinamos por estas semanas sin reparar en la ocasión tan especial que se nos escapa entre los dedos sin pena ni gloria, absorbidos como estamos en nuestras cuitas diarias. Lo segundo, porque nuestros ratos de convivencia no siempre discurren como remansos de paz, en esta contienda diaria que supone lidiar con dos adolescentes que tienen sus tiempos y también sus propios problemas, y a los que únicamente podemos acompañar como el pasajero al conductor que, en última instancia, es quien maneja el volante.

En cualquier caso, pese a las dificultades, sabemos que Dios siempre nos busca y está deseando llevarnos a casa. Procuraremos, en este tiempo favorable, ofrecerles el testimonio de dos buscadores de Dios, conscientes, como decía el P. Caffarel, fundador de los Equipos de Nuestra Señora, en uno de sus múltiples escritos dirigidos a los matrimonios, de que solo les ayudaremos eficazmente a convertirse en verdaderos seguidores de Cristo si los amamos como Cristo.


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