¿Qué nos dice el texto?
DESDE LA RELIGIOSIDAD POPULAR
Mi particular transfiguración, la vivo cada vez que me visto con mi túnica de nazareno; al igual que el Señor, mi rostro resplandece y todo se transforma. Mi estación de penitencia es ese estar en la cima de la montaña, como estuvieron Pedro, Santiago y Juan, en compañía del Señor. Es dejar atrás todo lo que me atrapa del mundo y estar con Él haciendo lo que más me gusta. ¡Qué razón tenía Pedro cuando quiso acampar allí!, al igual que yo, que no quiero que mi cofradía se recoja nunca.
Y como a ellos, a mí también ese día se me aparecen los “profetas”, aquellos hombres y mujeres que estuvieron antes que yo, que supieron transmitir la Fe y la devoción a nuestros sagrados titulares, de generación en generación; y que ya hoy forman tramos de nazarenos en la Cofradía Celestial.
Señor, acompáñame en la lucha diaria, cuando descienda al mundo y vuelva a colgar mi túnica en el armario, igual que lo hiciste con los apóstoles.
DESDE LA ENFERMEDAD
(mujer, casada, jubilada, convaleciente, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)
Leyendo este evangelio me doy cuenta que hace cuatro meses, yo también habría tenido la tentación de decirle al Señor: “¡qué bien estoy en este periodo de mi vida!, las cosas nos van bien, tenemos salud, una familia preciosa, estamos felizmente jubilados, sin problemas económicos. La vida nos sonríe, ¿por qué no nos quedamos así siempre?” ¡Hubiera estado tan bien! ….
Pero se impone la cruda realidad y en un abrir y cerrar de ojos, todo se desmorona, y me encuentro ingresada con un serio problema de salud. Como los discípulos, me lleno de espanto y mi estado de ánimo fluctúa de un extremo a otro a velocidad de vértigo. ¡Con que intensidad recé los días que permanecí en la UCI!. Allí a solas con el Señor, enganchada a los monitores, tuve una experiencia de la que difícilmente me pueda olvidar. En medio de mi oración y a una hora indeterminada de la noche (porque en la UCI no existe tiempo, solo se oyen las máquinas y la soledad) escuché una voz que me dijo: “¡Le pedimos al Señor tantas cosas!, Él sabe mejor que nadie lo que necesitamos…. (unos segundos de silencio, y continua) …. Pidamos al Señor saber aceptar lo que él nos manda”. Aquello me caló tan hondo que cambio mi estado de ánimo y también el sentido de mi oración y sentí paz.
Se estaba bien en esa burbuja donde estaba instalada hace cuatro meses. Pero si en esta vida solo deseara vivir de imágenes fijas, de momentos congelados en el tiempo, me estaría perdiendo todos los matices que me hacen especial. Lo que verdaderamente me importa es escuchar al Señor. Que los ruidos de la vida no me impidan oír lo que el Señor me dice. Que no haya interferencias que distorsionen su escucha. Porque él sabe mejor que nadie lo que necesito y lo que tiene que decirme llena de paz mi alma.
DESDE LA CUARESMA EN LA VIDA ORDINARIA
Se me hacía complejo llevar en una primera lectura la idea de la transfiguración y su significado a mi vida cotidiana. Pero he conectado con algunas ideas orando el texto, y apoyándome también en la versión del evangelista Lucas, que insiste en que Jesús “mientras oraba” se transfiguró.
Hay un dicho que dice…’dime cómo rezas, y te diré cómo vives; dime cómo vives, y te diré cómo rezas. Porque mostrándome cómo rezas, aprenderé a descubrir el Dios que vives; y mostrándome cómo vives, aprenderé a creer en el Dios al que rezas’. Que nuestra vida habla de nuestra oración, y la oración habla de nuestra vida. Y creo que, hasta ese momento, los discípulos conocían a un Jesús, pero orando con Él, conocieron al Dios que vivía y al Dios al que rezaba. Me cuestiona, me interpela, y me denuncia. ¿Habla mi vida de Dios? Creo que si no vivo conectado, a través de la oración, a Él, la gente que comparte camino conmigo no va a poder ver “la luz”, mi parte luminosa, al Dios que habita en mí. Al igual que vieron los discípulos aquella luz en la montaña. La oración transforma (transfigura), para resplandecer con la luz del Espíritu.
Y una segunda idea, el paso por la montaña, para “volver a bajar”. Me ha devuelto experiencias vividas -en la montaña- con Jesús. Y esa sensación (tentación) de bienestar y querer quedarme como le pasa a Pedro. Y Jesús nos insiste en ir, tomar la cruz de cada día, para poder llegar a la Pascua. Afrontando nuestras muertes, dificultades, frustraciones que nos presenta la vida cada día; situaciones muchas de ellas que no entendemos y que a veces, no nos gustan, no aceptamos. La perspectiva cristiana del sufrimiento no trata de sadomasoquismo, ni de resignación, sino el paso necesario pero transitorio para llegar a la Pascua.
Y pascuas también diarias, cotidianas, en las que somos capaces de iluminar oscuridades que nos rodean. Todo un reto: ser capaz de ser luz. Una luz que no se ilumina a si misma: siempre al servicio.