Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
Los catequistas en la Cárcel, nos sentimos como el viñador del Evangelio que va acompañando en el proceso de crecimiento y maduración en la fe, como una de las tantas oportunidades que Dios concede, trabajando y preparando el terreno, a la espera de que éste llegue a dar el fruto deseado de la conversión.
En la cárcel experimentamos cada día la paciencia de Dios: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro…” “Señor, déjala todavía este año…” “a ver si da fruto…”
El Dios paciente que nos ama, ¡cómo tiene que ir cavando y echando poco a poco estiércol en los corazones de los presos/as a la espera de que pueda llegar el día en que den el fruto deseado!
DESDE EL TRABAJO
¿Cuánto puede tardar en crecer una higuera? Mis padres plantaron una en el balcón y pudo haber tardado años en dar algún fruto. ¿y un corazón? ¿cuánto puede tardar en crecer un corazón?.
Si miramos atrás nuestra vida, somos aún más lentos que las higueras. En el matrimonio, tras muchos años apenas he logrado ser fiel a bajar la basura o a recoger la mesa. Tras varios años de padre, apenas he logrado aprender a disfrutar el presente sin preocuparme por la utilidad del momento. Tras el enésimo ERE, apenas soy capaz de confiar en la providencia y no angustiarme haciendo un plan B por si la cosa se tuerce.
Años de oración, de Eucaristías, de meditaciones…. para tan poco cambio. Si hay algo de lo que me enorgullezco a nivel espiritual es que no creo que nadie que hablara conmigo de Dios a los dieciocho, pudiera reconocerme a los treinta, y tampoco me relacionaría con mi yo de cuarenta y dos. Nunca tuve problema en hacer mudanza de todo lo aprendido. Pero aún habiendo cambiado tanto la cabeza, en las cosas del corazón apenas se nota.
La imagen de Dios como un jardinero paciente es preciosa, pero nos ha tocado corresponderle en la época de lo inmediato. Acostumbrados a organizar la fecha y la hora de todo, y un aviso en el móvil para no olvidarnos, ¿con qué intensidad trabajaremos para que Dios recoja sus frutos, si no sabemos cuánto va a esperar para venir a reclamarlos? ¿Quién se mete a campesino en estos tiempos urbanos? Pero esta labor es enormemente gratificante vencida la falta de costumbre, porque sólo en el campo unos troncos como nosotros, pueden echar raíces profundas.