Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE LA JMJ 2019
El señor nos da la fuerza para poder actuar de acorde a su voluntad, pero debemos poner de nuestra parte para lograrlo, ayudados de Él, pero extendiendo la mano, si no le extendemos la mano a Dios, Él no podrá ayudarnos. No importa de quién se trate, siempre debemos hacer el bien, no porque el señor nos diga que lo hagamos, o por alguna recompensa que nos tenga guardada, sino por amor. Porque sin el amor, todo queda vacío, sin el amor nos terminamos cansando, pues es el amor el combustible que nos mantiene en movimiento. Amen sin importar a quien, traten a los demás como quieren que los traten, pero sin esperar nada a cambio, de eso se trata el amor. Cuando damos todo de nosotros a aquel que sabemos que no nos puede devolver nada es cuando somos capaces de amar a plenitud. Luego dirá San Pablo en una de sus cartas “…El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”, así es como debemos ser con todos los demás.
DESDE EL TRABAJO
La regla de oro en todas la religiones es tratar al otro como queremos que nos traten a nosotros. ¿Qué tiene de original esta enseñanza?
Lo original es su motivación. El cristiano es bueno no por una ley universal de retorno de nuestras acciones, no esperando la recompensa, ni siquiera como forma correcta de convivir en sociedad, sino que busca la imitación de un modelo: Jesús.
No es ser buenos, sino ser buenos como Dios lo es. Porque nuestra capacidad de amar está limitada por nuestros propios límites.
Y esto introduce una particularidad esencial a la regla de oro: no se puede ser bueno desde nuestras fuerzas. Sólo mirando continuamente el modelo, y confiando contra viento y marea en que este es el correcto y no el nuestro, se puede llegar a amar plenamente.
El trabajo es particularmente un sitio donde todo depende de nosotros. Hay que levantar la vista con humildad para elevar los modos, si no, estamos perdidos.