((matrimonio, tres hijos, él trabaja, el matrimonio pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)
Podemos encontrar un montón de talentos naturales en cada uno de nosotros, unos el oído para la música, otros el optimismo, otros el don de gentes, de relacionarse, otros la voz para leer bien, la sensibilidad para con los niños o la capacidad para distraerlos, otros el cariño y el tacto para con los mayores, otros la sensibilidad para detectar los fallos en la comunidad, las necesidades, otros la inteligencia, otros la capacidad de trabajo, otros la serenidad y la sabiduría para afrontar las circunstancias de la vida, la sonrisa, el entendimiento, la capacidad para meditar y discernir los signos de los tiempos, la manera de afrontar con estrategia adecuada los proyectos….
Cada uno de nosotros posee unos talentos distintos que Dios nos ha dado, y es “para matarnos” si no somos capaces de explotarlo, sobre todo si por nuestros “estúpidos complejos de siempre”, nuestras excusas de bebé, nuestra falsa modestia… los dejamos “escondidos en la tierra” y no contribuimos a una tarea que es de todos, la construcción del Reino.
La parábola de los talentos, siempre me infunde un gran respeto por la responsabilidad que conlleva. Y no tanto es por los talentos que antes he mencionado, sino por un talento que a cada uno Dios nos ha dado, el haber conocido y sentido a Jesús, en definitiva el don de la fé.
¡Cuántas personas, habiendo tenido lo que nosotros hemos tenido, ese cura que nos descubrió aquello, esa comunidad a la que pertenecemos, las personas que nos acompañan en la fe, la oportunidad de asistir a esa iglesia tan bonita que hay cerca de casa, la posibilidad de comulgar y confesar cuando quiera…!
Ese talento dado, ese es el que nos debe preocupar sacarle la mayor rentabilidad posible, por que ¡Ay de nosotros si teniendo lo que hemos tenido y lo que nos siguen dando no somos capaces de intentar ser unos buenos cristianos.