(matrimonio, tres hijos, él trabaja, el matrimonio pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)
Cuando leo este pasaje del evangelio, siempre me acuerdo del dibujo ese del chico que camina con una mochila cargada de infinidad de cosas, retratos, camisetas, zapatillas, raquetas, balón, casette, móvil, libros… incluso una televisión. Al pobre se le ve cansadísimo, sudando, “achaparrado” por el peso, y lo peor, es que va triste y sin casi poder avanzar por una cuesta que ya de por sí costaría subirla sin nada. Más o menos eso nos pasa a nosotros en la vida. Tratad desde por la mañana, de ver a qué cosas estáis apegados. Os sorprenderéis de la cantidad de cosa pequeñitas a las que nos apegamos. Os dais cuenta que si nos quitan nuestro ratito de siesta nos ponemos de mal humor, que si nos quitan el sillón favorito, estamos incómodos, nuestra cervecita con la tapa, el cafelito, el cigarro… ¡qué momentos¡, ¡que no me los toquen¡. Todo esto no es malo, los cristianos podemos disfrutar de la vida y de las comodidades. Os invito esta semana a que en aquellos momentos en los que nos sentimos “fastidiados” por que nos cambian nuestra rutinas diaria, que seamos capaces de decir: <