(hombre, recién casado, trabaja, pertenece a comunidad cristiana, voluntario de patrulla de calle en ONG católica)
Aunque intentó mostrarse fuerte, finalmente se derrumbó y, atropelladamente, muy nervioso y entre lágrimas, acabó confesándonos que los resultados de las pruebas médicas no podían haber sido peores. Esa misma mañana, el médico del hospital le desveló que en esta ocasión no tenía buenas noticias: el virus del SIDA hacía unos meses que había “despertado” y la situación había cambiado notablemente. No entiendo de medicina, por lo que no sé si el desarrollo de la enfermedad es controlable, pero supongo que será muy difícil tratar a una persona que no sabe si hoy dormirá en la calle, en un albergue o “de prestado” en la casa de algún familiar. Inevitablemente he asociado a esta persona con el hijo menor del evangelio, y probablemente lo haga de manera injusta, ya que no soy quién para decir qué lugar o papel representa cada uno en la vida, pero la experiencia ha sido dura y deseo que estas líneas sirvan para que alguno de ustedes ore por él, aunque no lo conozcan. Sin embargo, no crean que lo asocio al hijo menor por el hecho de que haya podido llevar una vida disoluta e irresponsable, pues ni lo sé, ni me lo planteo y tampoco me importa. ¿Saben? lo asocio al menor de los hermanos por la forma en que resignadamente, y repito, entre lágrimas, nos contaba que creía que no había sido una mala persona, que no había robado ni matado a nadie y que había tratado de ser “buena gente”, por lo que le pedía a Dios que cuando le llamase, fuera para ocupar un lugar, aunque sea pequeño, en el cielo. Y miren, desearía no haber tenido que vivir esa experiencia, pues nuestro noble amigo no estaría ahora cargando con una cruz más en su vida, pero a la vez, ¿duda alguien de la respuesta que le dio nuestro Padre? Yo no supe transmitírsela, pero vaya si la sentí. Ojalá sea dentro de mucho tiempo, pero Jose puede estar tranquilo, porque sé que tiene reservado su pedazo de cielo y que le espera un hermoso ternero cebado…