DESDE LOS ABUELOS

(matrimonio, jubilados, ocho nietos, pertenecen a grupo de matrimonios)

Juan, el Bautista, está preso. Hasta la cárcel llegan noticias sobre las obras de Jesús, Él cura las enfermedades; perdona con generosidad… El tiempo pasa y la esperada intervención del Mesías, para juzgar a las naciones y liberar el pueblo de Israel de la opresión, no llega.
Es importante que no nos escandalicemos de Jesús. Desde la escena de su bautismo, Jesús había advertido que el camino hacia Dios es un camino de Cruz. Los discípulos de Juan vuelven con la respuesta del Maestro. El “precursor” encontrará la luz que buscaba, en los cuerpos sanados de los enfermos y en el corazón alegre de los pobres. Él es el encargado de anunciar a Jesús de Nazaret, pero en adelante el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor y más importante que Juan.
Este relato nos debe ayudar cuando nos desconcertamos, hasta el punto de sentirnos defraudados, por lo que pasa en la Iglesia de Jesucristo y en el mundo que nos ha tocado vivir. No hagamos como el pueblo judío, esperando a un líder político, salvador de nuestro mundo materialista y consumista, interfiriéndose, en contra de lo prometido a la especie humana, en la libertad absoluta que nos concedió. Por eso mismo el Mesías que el Padre nos envió y al que debemos esperar en este adviento y en todos los que celebremos, a lo largo de nuestra vida, es un Mesías encarnado en la debilidad, en la pobreza, en las múltiples carencias… pero cercano, acogedor e íntimo, que nos va a acompañar, si lo dejamos, en el camino a la santidad (no siempre conseguida) y a la salvación que prometió a todos los seres humanos de buena voluntad y será el cirineo ayudándonos a llevar nuestras cruces, que las tendremos, siendo el amigo fiel en nuestras alegrías y nuestras penas. Él quiere que seamos felices y precisamente para eso se nos ofrece plenamente, pues, como dijo Santa Teresa: “Solo Dios basta”. Nosotros es lo que tratamos de inculcar a nuestros nietos.
Ayúdanos a tener siempre presente que tú quieres para los hombres y mujeres de este mundo, la mayor riqueza: ser evangelizados. Que nuestro ejemplo para nuestros nietos sea el que ellos vean que nuestras obras vayan, siempre, encaminadas a buscar, sobre todo, el Reino de Dios; les sirva de ejemplo y no busquen un Reino hecho a la medida de sus deseos, sino que busquen y encuentren la Verdad.


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