DESDE LOS ABUELOS

(matrimonio, jubilados, siete nietos, pertenecen a grupo de matrimonios)

Lo más fácil y normal, lo que solemos hacer el común de los humanos, es echarle en cara al “otro” su fallo sin compasión. Qué difícil es corregir con paciencia y caridad, esperar la enmienda y, sobre todo, perdonar y olvidar. Nuestra gran carencia es que no amamos a los otros como a nosotros mismos y mucho menos como Dios nos ama. A Él no le interesan las ofensas en su materialidad, le interesa nuestro corazón y nuestra disposición de obrar. Por eso debemos estar siempre atentos a nuestras relaciones con los demás, pidiendo, constantemente, a Dios nuestra disposición a ser inundados por su amor y este sea el reflejo de nuestro comportamiento.
El perdón nos es dado por Él gratuitamente, pero crea exigencias. Ser personados compromete a perdonar nosotros.
Si miráramos y tratáramos a los demás con amor, qué fácil sería todo; seríamos pacientes, comprensivos, humildes… Veríamos al prójimo y lo trataríamos como lo vio y lo trató JESÚS, que debe ser, siempre nuestro modelo.
Por todo esto y reconociendo nuestra debilidad, pedimos a Dios en este comiendo de curso, para todos y especialmente para los que somos abuelos, que sepamos colaborar con nuestros hijos en la educación de nuestros nietos, en el diálogo y en el respeto, en valorar el esfuerzo como medio para avanzar con seguridad en la vida y de este modo madurar como personas, sintiendo la satisfacción de lo bien hecho. Inculcarles, sobre todo, ser honrados en su trato con Él, con los demás y con ellos mismos y de esta manera puedan seguir, con tranquilidad de conciencia, alguno de sus caminos.


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