(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)
Sólo en aquellas ocasiones en las que no somos totalmente conscientes de nuestra propia mezquindad podemos ser capaces de orar ante Dios en actitud engreída, como el fariseo de la parábola. Normalmente eso no suele ocurrirnos, pues los adultos solemos reconocernos como pecadores, ya que tenemos amplia experiencia de nuestra debilidad y de nuestras infidelidades al Evangelio.
En cambio, me parece que en lo que a la realidad social se refiere, en bastantes ocasiones “nos tenemos por justos” y “nos sentimos seguros de nosotros mismos”. Claro que sabemos que existe el mal, la miseria, la desigualdad extrema, la injusticia social y el así llamado “pecado estructural”. Pero lo sentimos ajeno a nosotros mismos. La culpa está fuera: en los injustos, en los avariciosos, en los poderosos, en las estructuras… Quizás en secreto damos gracias por no ser como ellos.
También en este ámbito deberíamos ser humildes, como lo fue el publicano. Deberíamos darnos cuenta de que también estamos nosotros involucrados y complicados con el mal, que no tenemos las manos limpias, que en cierta medida colaboramos y somos cómplices de la sociedad en la que vivimos. En lo que tiene de positivo, sí, pero también en lo negativo. Lo hacemos siempre que optamos por “ser normales” y comportarnos, en nuestra vida laboral, económica, social, como lo harían la mayoría de las personas, cuando siguen los valores del mundo.
Porque nuestro apoyo es Dios y nuestros valores son los de su Reino, nuestra vida corriente, personal y también pública, debería por coherencia ser distinta -a veces opuesta- a la de los modelos que propone esta sociedad del éxito, del bienestar económico, de la comodidad, de la seguridad y del consumo.
Yo le pido perdón al Padre por mis claudicaciones ante el mundo y mis faltas de testimonio cristiano, y le ruego que envíe su Espíritu sobre su Iglesia, sobre mi comunidad y sobre mí mismo, que nos ayude a ser fieles y saber corresponder al amor recibido.