DESDE LO SOCIAL

(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)

No sé si a ustedes les pasará como a mí, que necesito de tanto en tanto de experiencias íntimas fuertes de luz para que la fe y la esperanza sigan echando raíces y creciendo en mí. Aunque sí conozco a algunos creyentes -como yo- de fe no demasiado fuerte, que de vez en cuando -sin saber bien cómo- “perdemos de vista al Señor”, se nos escabulle, y más bien pronto nos encontramos perdidos, dudando, desconfiando secretamente de que Él es Dios. A pesar de todas nuestras experiencias pasadas, a pesar de tantas pruebas como ya hemos recibido.
Perdemos el norte, alejados de su presencia, y por ello la conversión -a la que en cuaresma se nos invita especialmente- se nos presenta como un esfuerzo ímprobo, una cuesta demasiado empinada que sólo algunos “superdotados” son capaces de subir.
Por eso me gusta el pasaje de hoy. La transfiguración se me asemeja a esas experiencias vivas de la presencia de Dios que todos -espero- hemos tenido alguna vez. Ellas nos recuerdan que Dios no quiere que lo releguemos a los templos, quiere estar cotidianamente vivo en nosotros, compañero continuo de viaje. Quiere que subamos a la montaña para estar con Él, y quiere que después bajemos para estar en el mundo.
Creo que los cristianos estamos llamados a hacernos presentes en los distintos ámbitos del mundo, en el laboral, en el cultural, en el social, en el económico… porque ésa es la encarnación que el Señor espera de nosotros. Pero nuestra presencia no puede tener otro sentido -pienso yo- que el de transformar esos ámbitos, radicalmente, impregnándolos de los valores del Evangelio y de ése estilo de vida distinto, alegre, humilde y austero, que Dios implanta en los que viven en sus brazos.
Y creo que para ello necesitamos, como los apóstoles, haber presenciado -alguna vez siquiera- la gloria y la ternura de Dios. Así no nos costará tanto asentir, y dejaremos que Dios haga en nosotros el milagro: morir al deseo de control y de seguridad, y resucitar como pobres de espíritu.
Yo le doy gracias a Dios porque Él siempre está a la espera de que nos volvamos de nuevo hacia Él, y le pido que, en esta cuaresma, nos ayude a ser capaces de detenernos por un tiempo, hacer silencio y escucharlo.


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