DESDE LO SOCIAL

(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)

En el Evangelio de hoy, el Señor responde a nuestras peticiones de una mayor fe,con un llamamiento a la humildad necesaria en el servicio al Reino de Dios. Y por el camino, siembra alguna duda respecto a la fe que ya creíamos tener.
Probablemente, pienso yo, la fe que el Señor quería para sus apóstoles y para todos nosotros no se limita a lo que a veces la reducimos, a un conjunto de verdades o creencias. Quizás comience siendo eso, pero si las creemos de verdad y las tomamos por tanto en serio, sea mucha o poca, esa fe nuestra debería irse traduciendo en un estilo de vida, uno por supuesto alternativo al que se nos propone mayoritariamente desde la sociedad en la que vivimos, pues son otros los valores y otros los fines, otras las prioridades y otros los criterios, en el mundo y en el Reino.
Al adentrarse y avanzar en ese otro estilo de vida es donde, si nos dejamos, el Señor nos conduce por los caminos adecuados, y ahí nuestra fe necesita madurar y transformarse, hasta llegar a ser como una semilla de mostaza: pequeña pero verdadera, capaz de grandes maravillas, no por nuestros méritos, sino porque nos convierte en instrumentos en las manos de Dios.
Y así, gracias al don de la fe recibida que nos hace vivir de otra forma (Ef 4, 17), es como estamos llamados a dar testimonio, a ser sal de la tierra y germen de una sociedad más justa y más fraterna.
Yo le doy gracias al Padre porque Él nos eligió y nos amó primero, ofreciéndonos así la posibilidad de servir a su Reino, y le pido que me conceda poder aprender a amarle como Jesús lo hizo, para que de esta forma mi fe sea suficiente para que Él pueda servirse de mi para sus planes.


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