DESDE LO SOCIAL

(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)

Vivimos en una sociedad capitalista (en la que el dinero es el principal poder) y consumista (tanto consumes, tanto vales), en la que nos acostumbramos desde pequeños a una forma de vida que gira en torno al servicio a este falso ídolo. Y podemos poco a poco caer en ello –qué peligro- casi sin darnos cuenta, como algo natural.

Yo sirvo al dinero cuando es en él en quien pongo mi seguridad y mi confianza, cuando pretendo blindar mi vida sobre la acumulación de bienes, posesiones y riquezas. Creo sentirme así seguro, y pienso que mantengo el control de mi vida, basado en el mito de la autosuficiencia, del “yo me basto a mí mismo”. En otras palabras, confío secretamente en poder “salvarme” por mí mismo, y por el camino Dios y su providencia terminan volviéndose innecesarios. Se supone que se que Dios es un Padre bueno y misericordioso, pero hago lo posible por no tener que necesitarlo, que depender de Él. Sin pretenderlo, sustituyo al Dios de Jesús y en su puesto coloco al dinero, que así se convierte en “mi roca y mi fortaleza”. Cuando así ocurre, se cumple para mí aquella otra advertencia de Jesús: “¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!” (Lc 6, 24).

Una vida así basada sobre la seguridad del dinero conduce naturalmente a que se nos endurezca el corazón, a no poder acoger ni responder a las necesidades de los demás (que se entienden en competencia con mi propia seguridad), y a una nula disponibilidad a dejarnos implicar por los planes de Dios para colaborar en la extensión del Reino, ocupados siempre como estamos en nuestro propio blindaje. Por eso, creo, no podemos servir al dinero y a la vez creer que servimos a Dios.

Nuestra sociedad ensalza y difunde valores como la seguridad, el control, la comodidad, todos ellos logrados por medio del dinero. Pero nosotros seguimos a Cristo y estamos llamados a ser levadura que fermente esa masa. Débiles e incostantes, como somos, sabemos que estamos ante un desafío demasiado difícil, si sólo contáramos con nuestras propias fuerzas. Por eso yo le pido a Dios que cambie mi corazón de piedra por otro de carne, y que nunca me retire su aliento y su presencia, sin los cuáles estaría perdido y no sabría adónde ir.


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