(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)
Parece bastante probable que con las invitaciones que Dios nos hace para asistir al gran banquete gratuito de su Reino sigue pasando hoy lo mismo que sucedía en aquellos días en que Jesús habló en parábolas. Como entonces, hay quienes reaccionan de forma abiertamente hostil ante la invitación y ante los mensajeros que la llevan, y ésto por muy distintas razones, desde motivos ideológicos, pasando por posicionamientos en contra de la Iglesia por sus muchos errores y contradicciones, hasta los que abiertamente no comparten esa visión de una humanidad fraterna porque les resulta increíble o bien contraria a sus intereses o posiciones de privilegio.
También están los que, sin llegar a una reacción hostil, prefieren no perder el tiempo y dedicarse a sus negocios e intereses, lo cual les resulta algo bastante más tangible y real que ese supuesto banquete que ni siquiera saben en qué consiste. Y que además es gratis, lo que significa que puede acceder cualquiera, fuera de posiciones sociales y merecimientos: algo contrario a casi todos los valores que cotizan en nuestra sociedad.
Y también están los que, deseosos de seguir al Señor, se afanan sin descanso en las tareas de construcción de su Reino (algo que no sólo respeto sino que comparto plenamente), pero de tal manera que nunca o casi nunca tienen (tenemos…) tiempo de pasar una tarde banqueteando. Porque el Reino es no sólo algo por construir día a día, sino para disfrutar también día a día. La familia, los amigos, los compañeros de trabajo o de compromiso social… ya somos Reino si vivimos en el Espíritu del Señor.
Quizás pueda ser precisamente éso lo que nos falte, lo que casi abandonamos por exceso de ocupaciones: estar a solas, tranquilamente, delante del Padre, sin prisas, sin demasiadas peticiones (Él sabe mejor que nosotros lo que en verdad necesitamos y nos conviene), sólo dejando que Su Presencia nos llene de ese Espíritu sin el cual nunca sabremos lo que es el banquete verdadero. Quizá por eso, porque no nos dejamos llenar por Su amor, las tareas del Reino se nos hacen a veces tan cuesta arriba.
Yo le doy enormes gracias al Padre por su invitación y el traje de fiesta que, cada mañana, Él deja en nuestra puerta, para cuando lo queramos aceptar.