DESDE LO SOCIAL

(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)

Supongo que a muchos de nosotros la parábola de hoy nos impacta directa y profundamente en nuestro corazón: cuánta distancia reconocemos que separa nuestros pensamientos, nuestras palabras, incluso aquello que sentimos que deberíamos hacer, con nuestros hechos y obras, con lo que de verdad hacemos. Si es así, al menos no estamos satisfechos, instalados en nuestra soberbia y autosuficiencia, lo cual nos distancia de “los ancianos y los sumos sacerdotes”, que hoy también abundan en nuestro mundo.
Por el contrario, podemos reconocernos como aquellos “publicanos y prostitutas”, pues sabemos que nunca seremos merecedores de los dones de nuestro Padre, y por ello, conscientes de nuestras debilidades y dimisiones, nos situamos en actitud de conversión, pidiendo a Dios que se haga presente en nosotros y guíe nuestros pasos.
Así que lo que Dios valora no son principalmente ni nuestras buenas palabras ni nuestras buenas intenciones, sino la actitud de conversión, el ponernos en búsqueda de su Rostro y el gastar nuestra vida por su Reino, que es amor, justicia y misericordia, sobre todo con los más necesitados y marginados. Desde este enfoque el compromiso social, en cualquiera de sus formas, es ante todo una labor espiritual: movidos por el Espíritu de Dios nos entregamos a la causa de la justicia en nuestro mundo.
Cuántas veces tantas y tantas personas en principio “no creyentes” nos han dado una lección a tantos que en nuestra pertenencia a la Iglesia nos hemos sentido justificados y tranquilizados. Ellos han sido como el primer hermano de la parábola. ¿Y nosotros?
Yo le doy gracias a Dios porque de nuestra experiencia de Su amor nos brota la entrega a nuestros hermanos más desamparados, y le pido que nos acompañe siempre Su presencia para que nos aliente y nos guíe en esa tarea.


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