DESDE LO SOCIAL

(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)

¿De qué dependen nuestras posibilidades reales y objetivas de poner en práctica esa misericordia que Dios nos pide? Por una parte, es cierto, de nuestra capacidad de empatía (de ponernos en el lugar del otro, pensar y sentir como él) y de compasión (que significa “padecer-con”) con el prójimo, especialmente con las personas más necesitadas, tanto material como espiritual, psicológica o afectivamente. También, de haber tenido experiencia personal de estar necesitado, ser conscientes de nuestra propia miseria. Pero corremos siempre el peligro de pensar que eso es ya suficiente y que, a partir de ahí, basta con nuestra buena disposición.
Sin embargo, los publicanos y pecadores del Evangelio, los que acudieron a casa de Mateo, pudieron experimentar posiblemente la misericordia del Señor no sólo por su buena disposición, sino porque Él estaba allí, en un lugar y durante un tiempo en los que era accesible a ellos. Dedicaba tiempo y estaba presente, accesible, en los lugares donde “los enfermos” a los que debía sanar podían libremente y sin dificultad acceder a Él.
¿Y nosotros? ¿Además de ofrecer buena intención, existen posibilidades objetivas de que los necesitados puedan contar con nuestra fraternidad? ¿Tenemos tiempo para ellos? ¿Estamos cerca de sus mundos, en las periferias de nuestra sociedad, allí donde ellos puedan acercarse a nosotros?
Yo le doy gracias al Señor por su amor primero que nos da plenitud, nos fortalece y nos dispone a servir a los hermanos, y le pido que nos ayude a estar presentes allí donde los necesitados puedan contar con nuestra fraternidad.


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