(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)
Cuántas veces nos encontramos también nosotros, personal y comunitariamente, como los discípulos del Evangelio: encerrados por el miedo. Con razón dijo una vez un hermano de comunidad que lo más opuesto al amor no era el odio, sino el miedo. Porque nos impide salir de nosotros mismos, física, mental y afectivamente.
Así que si nosotros nos reconocemos a menudo en esa situación, si nos supera el miedo al mundo que nos ha tocado vivir, a la agresividad social, a la competitividad laboral, a la injusticia social, a la extrema desigualdad económica, a tantos contravalores que campan a sus anchas en nuestra sociedad…
Si vivimos nuestra fe tímidamente y en lo privado, si no se desborda e impregna hasta lo más recóndito de nuestra vida, si no nos impulsa a salir fuera de nosotros y trabajar por el Reino, si nuestra vida comunitaria no nos desintala ni nos plenifica…
Si eso nos sucede, entonces necesitamos orar al Padre y pedirle que nos envíe el Espíritu prometido por el Hijo: “Ven, Espíritu Divino. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento”.
Necesitamos, aunque sólo sea por un momento, ser más fuertes que nuestros miedos, confiar en el proyecto del Señor para nosotros, y pedirle de corazón al Padre que nos mande su Espíritu. Entonces todo empezará a cambiar. Habremos entregado nuestra vida, y por eso mismo seremos salvados.
Yo bendigo a Dios por su amor primero y fiel hacia nosotros, y le doy gracias por su Espíritu que nos da toda la vida.