DESDE LO SOCIAL

(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)

Para concluir el Adviento el Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la disponibilidad que nace de una fe profunda y auténtica. Una disponibilidad que resalta hoy en María y en José, quienes no sólo estaban dispuestos a acoger la presencia y la acción inesperada y siempre sorprendente de Dios. También estaban listos para asentir a sus planes y amoldar su propia vida a la labor que el Reino reclamaba de ellos. Una aceptación que los iba a colmar de alegría, pero también de dificultades.
Tampoco hoy resulta fácil, en medio de la sociedad en la que vivimos, acoger y asentir a los planes de Dios, permitir que trastoque nuestras falsas seguridades, nuestra comodidad, y que nos embarque en un camino de solidaridad con los que sufren y con los necesitados, y de testimonio a contracorriente de los valores que nos inundan.
A veces ya ni esperamos esa presencia peturbadora de Dios: pensamos que tenemos la obligación de “controlar” por completo nuestro presente y también nuestro futuro. Puede que nuestra disponibilidad ni siquiera sea necesaria, porque la salvación que Jesús nos trae es gratuita, es don, y no exige ninguna contrapartida más allá de aceptarla con humildad. Pero, bien lo sabemos, es conveniente para nosotros: en la espera de Dios y en la aceptación de su plan para nosotros nos va nuestra alegría y nuestra plenitud. Las mismas que echamos de menos cada vez que nos resistimos a colaborar con Él en la extensión de su Reino.
Yo le doy gracias al Padre porque Él decidió ser Dios-con-nosotros simplemente por amor, y por ello nuestra alegría no es de este mundo. Y le pido que me ayude a vaciar mi corazón de todo lo que estorbe para hacer sitio al Salvador que llega, y para que de ese amor de nuestro Padre nazca en nosotros una verdadera fraternidad agradecida.


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