DESDE LO SOCIAL

(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)

Estamos ya adentrados en el Adviento. Cada uno de nosotros debería preguntarse con sinceridad si se está preparando, predisponiendo, vaciándose de cosas y de preocupaciones, para dejar sitio al que viene, para ofrecerle el lugar que se merece. Es Dios el que viene a nosotros. Si este hecho no nos conmueve en lo más íntimo es que nos hemos dormido.
De ahí la advertencia de Juan. Él nos incita a despertar, a la conversión, que sabemos que no consiste en retoques, sino en un cambio radical. Convertirnos es volvernos a Dios, y dejar de vivir para nosotros mismos o, peor aún, para las cosas que acumulamos. Dejar de movernos impulsados por nuestros gustos o por nuestros intereses, y hacerlo movidos por Dios, su voluntad, y el Reino que Él quiere entre nosotros.
Un Reinado de Dios que no sólo es interior en cada uno de nosotros, sino que tiene que impregnar todas las relaciones en nuestra sociedad. La economía, la política, lo cultural y lo laboral; en todos esos ámbitos -y en todos los demás- son necesarios, imprescindibles, los frutos de nuestra conversión. Porque la venida de Dios y su Reinado no son un acto de magia que tiene lugar independientemente de nuestra voluntad: siempre necesitarán de nuestra conformidad, de nuestro deseo de conversión y de nuestro esfuerzo de fidelidad. Por eso Isaías nos recuerda que es necesario preparar el camino al Señor y allanar sus senderos: hay que dedicar tiempo a quitar los estorbos -todo lo que impida que Dios pueda llegar a nosotros-, a limpiarse de preocupaciones que sean accesorias -todo lo que impida que estemos centrados y atentos en Él-. Ésa y no otra debería ser la intención que nos ocupase, especialmente en estos días, si es que estamos despiertos.
Yo le doy gracias a Dios por traernos la alegría definitiva regalándose por entero a nosotros, haciéndose uno entre nosotros, para mostrarnos mejor su camino. Y le pido que nos ayude a estar despiertos y a prepararnos para acogerlo en el centro de nuestras vidas, dándole el timón de las mismas.


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