(hombre, casado, trabaja, pertenece a comunidad cristiana, voluntario de patrulla de calle en ONG católica)
No es precisamente la Navidad un tiempo de paz y felicidad para las personas sin hogar. Las cenas y almuerzos de los que ya no son comensales – si alguna vez lo fueron -, los besos y abrazos de los que son testigos mudos pero no protagonistas o las largas jornadas que pasan en soledad, en un tiempo de reencuentros, no hacen más que acrecentar su sensación de exclusión y recordarles la distancia que nos separa de ellos. Sería bueno que los cristianos no olvidásemos la responsabilidad que tenemos con los más desfavorecidos. Dios, que se ha encarnado y cuya presencia debemos buscar en nuestro interior, nos enseñará la manera de acercarnos al pobre. Es la ocasión idónea para abrirle nuestro corazón al Dios Amor, que se alegra al vernos felices en nuestras celebraciones con familiares y amigos, pero que necesita parte de nuestro tiempo, para que lo invirtamos en llevar su amor a los que han olvidado lo que es la NAVIDAD.