DESDE LAS PERSONAS SIN HOGAR

(hombre, casado, trabaja, pertenece a comunidad cristiana, voluntario de patrulla de calle en ONG católica)

El trabajo con las personas sin hogar no ofrece muchos momentos de satisfacción, de hecho, los sentimientos de impotencia, tristeza y desazón suelen prevalecer, a pesar de que uno intenta mantener viva la esperanza. Los datos son demoledores: el número de personas en esta situación no para de crecer, los ámbitos de exclusión se acrecientan, el desinterés de las administraciones es cada vez mayor, y así, un largo etcétera. Ante este escenario, cabría preguntarse si vale la pena seguir luchando por tratar de invertir esta situación y continuar con un proyecto que no arroja resultados positivos. Y creo que el quid de la cuestión está precisamente ahí, ¿me debe condicionar como cristiano el logro de un determinado resultado? ¿Supeditar todo a la obtención de ese resultado no sería, en definitiva, actuar conforme a las reglas que la sociedad nos marca? Los que integramos el equipo así lo creemos y es por ello que nuestros logros los confrontamos con otra escala de valores. Por supuesto que nos gustaría que nuestra actividad fuese capaz de sacar por sí misma a la gente de las calles, y ojalá contásemos por decenas a los rehabilitados y reinsertados, pero desgraciadamente, es algo que no depende de nosotros. Nuestros frutos, al alcance de cualquiera que desee sumarse al proyecto, son menos pretenciosos, más cercanos y, al menos nuestra fe así nos lo dice, mucho más cristianos: compartir con el triste sus angustias, dar palabras de aliento al desesperanzado o acompañar al solitario.


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