(hombre, casado, trabaja, pertenece a comunidad cristiana, voluntario de patrulla de calle en ONG católica)
Con cuarenta y muchos años, más de la mitad de ellos enganchado a la heroína y ejerciendo la prostitución, se dio cuenta de que era el momento de tomar una decisión: suicidarse o luchar por salir del pozo en el que se encontraba. No le faltaban penurias que contar y el sufrimiento era lo cotidiano; sin embargo, decidió cambiar el rumbo de su vida el día que un perro le orinó en la cara cuando yacía semiinconsciente en una acera. Aquello había sido demasiado. Se sintió tan asqueado de sí mismo, que sacó fuerzas de flaqueza y decidió darse una oportunidad. ¿Por qué no iba a poder también llevar una vida digna? Luchó por ello, enfrentándose a la droga, a la enfermedad, a la vergüenza de mendigar y a la soledad. Nadie le acompañó durante su calvario, salvo el Corazón de Jesús y el Corazón de María, a los que atribuye la esperanza y las fuerzas que le posibilitaron lograr su ansiado hogar. La casa que consiguió a través de Asuntos Sociales, aunque bastante pequeña, era lo suficientemente digna para una persona. Me hubiera encantado terminar esta historia de la misma manera que lo hacen los cuentos de Disney, pero por desgracia, un asunto del pasado ha llevado a Jose a prisión y le ha arrebatado la vida que se había comenzado a labrar. Todo ha vuelto al principio, pero al menos ahora no está solo. Las cartas que nos envía no ocultan la desesperanza y el sufrimiento, pero confiamos en que las nuestras le animen y le ayuden a pasar este trance. Pensé que hoy era el momento de contar la historia de este amigo, de un valiente anónimo despreciado por la mayoría. Lamentablemente la historia de Lázaro se sigue repitiendo.