DESDE LA MANIFESTACIÓN DE LA FE EN LA VIDA PÚBLICA

(Hombre, casado, padre de dos hijos, trabaja, miembro de la Junta de Gobierno de una de  las procesiones de Semana Santa)

No estaban preparados. Nadie estaba preparado para la llegada de Jesús el Nazareno. Pilló a todos con el paso cambiado. A sus propios discípulos, que nunca entendieron los acontecimientos que se avecinaban; a Pilatos, que nunca comprendió el porqué de la condena de un inocente acusado de poner en peligro el poder del César; a los sacerdotes judíos que le acusaron de blasfemia al declararse Hijo de Dios; a los soldados romanos que le dieron martirio y no entendieron la fuerza que le permitió soportar tanto sufrimiento. Nadie entendió nada. Se mofaron de Él. Le escupieron. Le azotaron. Le acusaron de traición. De blasfemia. De autodenominarse Dios. De revolucionario…; nadie comprendió nada.
Tuvo que morir, para que un soldado romano dijera: “Realmente este hombre era Hijo de Dios. Tuvo que soportar la cruz, para que ella se convirtiera en nuestro destino. Tuvo que resucitar para mostrarnos cual era nuestro destino como hijos suyos. Tuvo –con mucho miedo- que soportar una horrible Pasión para mostrarnos el camino. Él, que solo habló de amor. De igualdad. De compromiso. Aceptó su destino con determinación y valentía. ¡Que ejemplo de consistencia!
Lástima que nadie estuviera preparado para su llegada. Que nadie entendiera nada. Que nadie comprendiera quien era.., y para qué había venido.
A nosotros los cristianos nos dejó para siempre su ejemplo y a los cofrades nos “regaló” la posibilidad de recordarlo en nuestra Semana Santa, que no por casualidad se llama Semana de Pasión, o Semana de Gloria. Nos entregó el bendito don de recordar su padecimiento salvador con nuestros desfiles penitenciales. Jesús y su Pasión, justifican nuestra existencia como cofrades. Como para decir que no tenemos fundamentos. Es posible que los cofrades compongamos un “teatro barroco callejero”, pero el mismo no está vacío de contenido. Lo tiene. Y muy profundo.


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