(matrimonio con dos hijos, trabajan ambos, pertenecen a movimiento conyugal)
Como Jesús nos recuerda en este pasaje del Evangelio, Dios es un Dios de vivos. También, por consiguiente, Dios de la vida, y en un momento como el presente, en que la vida aparece cuestionada tanto en su inicio como en su final, quisiéramos dedicar estas líneas a recordar la necesidad que tenemos los padres cristianos de educar a nuestros hijos en el respeto a la VIDA, para que conciban ésta así, con mayúscula, puesto que es de Dios de quien procede. Una VIDA que comienza en el momento justo de la concepción. Una VIDA que se encuentra presente incluso antes de que el pequeño corazón del embrión empiece a latir. Una VIDA única e irrepetible, creada a imagen y semejanza de Dios, que como tal hay que proteger y preservar, huyendo de “modas” y relativismos morales. De igual forma hay que cuidar el final de la VIDA, cuando según los convencionalismos al uso parece que hemos perdido ya toda utilidad. Nuestros hijos deben aprender a apreciar en los abuelos, en la senectud, una etapa de sabiduría y experiencia, de recogida de frutos y acercamiento a Dios. Hemos de enseñar a nuestros hijos que no sólo la “bella y efímera juventud” nos proporciona la felicidad, que nosotros como hijos de Dios tenemos una transcendencia que va más allá de lo puramente terrenal, que estamos llamados a vivir una VIDA plena, y como tal hemos de concebirla de principio a fin.