(matrimonio, él trabaja, con cinco hijos, pertenecen a comunidad cristiana de matrimonios)
Esta parábola nos hace pensar en el hermano mayor, que creía que no era correspondido por el padre. Nos lo recuerda por la exclusividad que demandan nuestros hijos pequeños. Vaya paciencia necesitamos con ellos…¡es que no podemos hacer nada tranquilos! Vamos a comer, y nos dice uno: quiero agua, ¿me das? Mientras das un biberón y contestas al teléfono, tienes que arreglar un juguete que te ponen delante. Te sientas a hablar con tu cónyuge, y se te acerca otro y antes de que abras la boca te pide que le ayudes con el grifo del lavabo, que está duro. Mientras escribes este comentario, otro te pregunta que qué quiere decir “cónyuge”…
Nosotros, como educadores suyos, debemos atenderles siempre con la balanza en la mano, sopesando lo que sea más importante, y evitando discriminaciones. Pero también debemos enseñarles a ser comprensivos con nosotros y entre ellos, así como autónomos, y a disfrutar de las alegrías que reciben sus propios hermanos. Enseñarles a alegrarse con el padre cuando su hermano pródigo recibe un abrazo de éste.