DESDE LA ECONOMÍA GLOBALIZADA 15-03-2007

(hombre, casado, con dos hijos, trabaja, miembro activo de dos movimientos sociales, pertenece a comunidad cristiana)

El amor de Dios no se “merece”, sino que se recibe como una gracia. Y ese amor lo necesitan más los más alejados, rechazados y despreciados. Por eso es necesario abandonar la mentalidad de “buenos cristianos” que nos merecemos mucho más que los demás. Esta gratuidad de Dios, es revolucionaria. En la vida económica, tener estos criterios, es decir, ofrecer más medios al que más lo necesita, constituiría la mayor de las revoluciones. Sería asombroso que los más “pequeños” tuvieran acceso a créditos, fueran de “fiar”, tuvieran salarios dignos, etc. Este mundo se está gestando en múltiples iniciativas que empiezan a mostrar que el amor de Dios lo “acaparan” los últimos.


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