(matrimonio, padres de dos niños, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana)
Cuando escuchamos o leemos esta lectura, irremediablemente tratamos de ponernos en el lugar de algunos de los personajes: los padres con respecto a sus hijos, saben y entienden perfectamente y además sienten la alegría del reencuentro, la felicidad de ver al hijo que habían perdido. Los “balas perdidas” esperan ansiosos la oportunidad que sus padres les dan cuando están arrepentidos, pero la mayoría de nosotros sentimos cierta reconocimiento, e incluso ternura por el hijo mayor porque somos un poco como él. Porque estamos allí siempre, en los malos y en los buenos momentos, porque cuidamos de nuestras familias, sin pensar en nosotros, y cuando algunos de estos miembros de la familia, que no ha movido ni un dedo nunca, y encima más, ha “traicionado” a la familia, se ha dedicado a vivir solo y para ellos, sin pensar en nadie más; cuando éstos vienen, el mundo gira a su alrededor, y no hay nadie más importante, que quienes estaban perdidos y vuelven. Qué difícil es el borrón y cuenta nueva, cuando estamos anclados en el pasado. Pero qué fundamental en una familia es vivir mirando al futuro, sin prejuicios, sin pensar en lo que fue, sino en lo bueno que queda por vivir juntos, dando oportunidades y alegrándose porque el amor siempre termina triunfando. Que pensemos siempre como padres, como madres, como abuelos, porque también ellos perdonan, quieren mucho y justifican a sus nietos como nadie. Vivamos el amor, no el rencor y aceptemos siempre el perdón en la familia, como hizo el Padre bueno, el padre misericordioso.