(matrimonio, padres de dos niños, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana)
El amor da lugar a un poder tal, del que no eres consciente. El amor cura, convence, deja atónitos, levanta a paralíticos, perdona. Nadie más que Jesús era consciente del poder que supone el amor. Y nosotros que no tenemos la fe suficiente, la fe que nos regala Dios, muchas veces confiamos en nuestras fuerzas, sin darnos cuenta que nuestro amor, nuestra fe, nuestro poder nos viene de Dios. En nuestro matrimonio, uno pasa por momentos buenos y no tan buenos, de hastío y de debilidad y de gozo. Cada uno de nosotros pide a Dios, cuando vienen momentos duros para nuestro cónyuge, que lo salve. El amor hace también que salvemos dificultades, que “abramos boquetes” para llegar a El. La perseverancia, la fe, la confianza en que Dios nos ayudará, nos anima a buscarle sin cesar. Por eso, como creemos de verdad, que Él tiene poder para sanarnos, pedimos por todas las dificultades que cada uno de nosotros como esposos, como familia, como comunidad de amor tenemos, las ponemos delante del Señor para que las sane.