(matrimonio, padres de dos niños, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana)
Nos encantaría insistir en dos gestos de Jesús. Primero, da igual que fuera peligroso volver a Judea, pero en cuanto le dieron la noticia de que Lázaro estaba enfermo, El quiso estar al lado de sus amigos, de sus hermanas. Y además, Jesús, se conmueve, solloza, llora. Es uno de los evangelios que más nos gustan personalmente. Primero, por la cercanía, por la humanidad que desprende, por el dolor que se palpa, por el corazón que salta tras la noticia de una enfermedad. Seguro que ahora mismo, si no estamos viviendo la enfermedad muy de cerca, hay en nuestras familias, en nuestros amigos, alguien enfermo, alguien pasándolo mal y además, seguro que hemos vivido la muerte de cerca, en nuestra propia familia. Hace poco, hemos tenido la experiencia de unos amigos, que han perdido a seres queridos: padres, abuela. Lo más maravilloso era sentir que nada les había quedado por decir, por hacer, por vivir. Y hablaban de lo mucho que habían vivido con ellos, de lo mucho que habían amado a sus familiares y sólo les quedaba dar las gracias. Ojalá, antes de llorar ante la tumba de las personas que amamos, antes de preguntarnos por qué no estábamos allí, junto a ellos, demos las gracias a Dios, y sintamos, aunque sea con el corazón compungido, que la fuerza del Señor nos llena de amor, de compasión, de vida y nos resucita.