(matrimonio, padres de dos niños, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana)
Cuando llevas un tiempo casados, o de relación de novios, cuando ya no te queda el traje de novia, o tienes que agenciarte otro de chaqueta, porque, igualmente, el de novio no te entra (aunque para algunos esto es sinónimo de felicidad), cuando afloran algunas canas, o con las cremas “milagro”, tratas de recomponer esa piel, flácida, eso sí, de tanto reir y disfrutar, o también de tanto llorar y sentir… (porque de todo vivimos en un matrimonio), cuando todo esto ocurre, parece que, aumenta la confianza entre los cónyuges y aparecen los:“qué plasta eres”, (con cariño, por supuesto); “chacho, chacha, deja de darme la lata” (siempre con mucho amor, desde luego); “ya sé que me lo dijiste ayer, pero es que…”. Bueno, en fin, muchas veces, hacemos las cosas para que no nos den más la lata, actuamos para que “no nos laven la cara”, en el matrimonio, con los amigos, a mi madre, para que deje de llamarme la atención, aquel favor a mi cuñado/a para que deje de mandarme mensajes por el móvil, etc… Qué generosidad, sin embargo, la de Dios, que responde a quienes le piden, a quienes imploran. Ojalá, sintamos la misma generosidad, el mismo amor, la misma pasión, haciendo justicia con aquellos que están a nuestro lado y hagamos aquello que les gusta de verdad, no porque nos dejen en paz, sino porque sabemos que les haremos felices.