(matrimonio con dos hijos, voluntario de ONG en país musulmán, trabajan en la misión, pertenece a comunidad cristiana)
El evangelio de este domingo supone un golpe de realidad que Dios nos da a través de su Hijo, uno de esos fragmentos tan duros como necesarios.
A día de hoy no existen comerciantes dentro de los templos como entonces pero también existen cosas que nos hacen distraernos de lo realmente esencial cuando asistimos al templo, nuestra relación con el Padre. Hoy en día esas distracciones muchas veces somos nosotros mismos los que las llevamos dentro de nuestro cuerpo, que es templo de Dios, las preocupaciones del día a día, el agobio por las situaciones personales…
Debemos ser conscientes que nosotros, nuestro cuerpo, es templo de Dios, debemos intentar no dejarnos llevar por la rutina y no permitir que algunos pensamientos y sensaciones se instalen en nosotros distrayéndonos y apartándonos del camino a seguir en nuestra relación con Dios. En ese camino debemos respetar nuestro cuerpo y ser generosos en la entrega a los demás, no racanear esfuerzos a la hora de ponernos al servicio de los demás, no permitir que esas distracciones nos aparten de nuestra misión.
Vayamos a lo esencial, a lo realmente importante, a nuestra relación con el Padre, hagamos el esfuerzo de mantenernos fieles a la voluntad de ser salvados. Jesús viene a liberarnos de aquellas cosas que nos aferran a lo superfluo, viene a destruir todo para hacernos libres y conscientes de que lo principal es nuestra relación con Dios Padre.
Sigamos su ejemplo expulsemos nuestras distracciones y resurjamos como un templo nuevo en el que lo realmente importante sea estar al servicio de Dios.