(matrimonio, padres de dos niños, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana)
Cuando una persona grita, puede ser porque está enfadada o porque está desesperada. En un matrimonio, o pareja, o familia, hay veces que nos vemos gritando al otro, al hijo, al amigo, al cónyuge, etc, porque no nos hacen caso, o porque creemos que gritando, insistimos en el valor de lo que decimos. Todo lo contrario, no hace falta gritar para hacernos valer más. Pero, entre la vida y entre la gente y entre el trabajo y las prisas, entre la comodidad y las preocupaciones, nos hemos vuelto un poco sordos. Especialmente ante la desesperación de algunas personas, incluso de los que están a nuestro lado. Los gritos, incluso silenciosos, de las esposas que son ninguneadas; los gritos de los hijos, a los que nuestras múltiples ocupaciones, todas “por su bien”, no escuchamos; los gritos de nuestros mayores, a los que creemos o decimos que con la edad se han vuelto unos caprichosos y a lo mejor, necesitan desesperados un ratito de atención, o un beso, o un “estoy aquí”. En fin, hay muchos gritos que ahogamos, que no queremos que escuche nadie, por si acaso. Pero el único que tiene unos oídos “hiper sensibles” para escuchar a los demás, especialmente a quien más lo necesita, es Jesús. Ojalá seamos tan atentos a los gritos de alrededor nuestra y los identifiquemos frente a los ruidos de nuestra vida.