(matrimonio, tres hijos, él trabaja, el matrimonio pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)
Durante esta semana, intentemos poner en práctica esta Palabra, haciendo pequeñas renuncias que nos cuesten, a las cuales estamos apegados día tras día y hacen que estemos “encadenados” a un montón de rutinas que no nos permiten sentirnos libres cuando nos cambian los planes. Empecemos por cosas sencillas, para que este evangelio no pase desapercibido en nuestra vida. Siempre pensamos en que para vivirlo bien habría que poner nuestra cuenta corriente a disposición de tal o cual ONG. Y al final, como no lo hacemos, nos sentimos mal. Pues mirad, a lo largo del día, nos sentimos ricos de muchísimas cosas, y tenemos que hacer la prueba de que podemos despegarnos de ellas. Ponemos unos ejemplos:
– Me gusta la cervecita de antes de comer en el bar de abajo. Si alguien me necesita o simplemente por probar que eso no me ata, llego antes a casa y comparto un rato más con los niños y mi mujer.
– Mi sillón es intocable, o mi sitio en la mesa es sagrado… ¿por qué? Cédelo a tu hijo un rato y se lo haces a modo de regalo.
– Mi idea de como organizar el día suele ser inamovible. Trata de pedir opinión a tus compañeros del trabajo o simplemente trata de no cabrearte si los planes no te han salido bien. Lo que ocurra en el día es voluntad de Dios, y si Él lo ha querido, tú lo aceptas con alegría y no con mosqueo y resignación.
– El partido de fútbol de tal día hay que verlo. Los niños quieren ver una peli muy chula, y tu mujer odia a los de la pelotita. Comparte un rato con ellos, llega a un consenso, quizás medio tiempo…
– Intenta no cuestionarte mucho si has hecho algún trabajo gratuitamente, el Señor te lo premiará.
– Hay una chaqueta o una camiseta a la que le tengo especial aprecio. Dale una sorpresa a tu hermano diciéndole que le iría bien con aquel pantalón que lleva puesto ese día.
Quien es capaz de ser fiel en lo poco, cuando llega alguna ocasión en que tenemos que perder algo grande nuestro,
seremos capaces de aceptar esa pérdida, incluso la de un ser querido, pertenece a Dios y Él se lo lleva cuando lo cree conveniente.