(hombre, casado, trabaja, pertenece a comunidad cristiana, voluntario de patrulla de calle en ONG católica)
El pasado sábado nos enteramos, por casualidad, de que Carmen había fallecido a principios de año. Sentada en la puerta de la iglesia solía bromear con nosotros, sin que ello evitase que ofreciera su cajita de cartón cada vez que alguien pasaba a su lado. Desaliñada, rolliza, espontánea, vivaracha, un tanto irreverente y dicharachera, nos hizo reír en muchas ocasiones. Nos contó que había venido a Canarias a iniciar una nueva vida que, sin temor a equivocarme, debió diferir enormemente de la que soñó antes de dejar su querida Andalucía. Murió sola y sin que nadie la echase de menos, pues fue la descomposición de su cuerpo la que permitió que la encontraran. Duro, pero cierto. Con todo, la vida sigue, y los cristianos rememoramos en estos días la Pasión de Jesús; un acontecimiento que debería recordarnos que cada día, miles de personas sufren en silencio la suya particular. Afortunadamente, la gracia de la fe me permite encontrar consuelo en Jesús resucitado, de cuya presencia a buen seguro estará disfrutando Carmen y todos aquellos a los que les ha tocado vivir la cara amarga de la vida.