(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)
También en el mundo de hoy hay muchos paralíticos. De hecho, creo que todos tenemos algo de eso, pero hay bastantes personas en las que la parálisis es incapacitante. Y no pienso principalmente en los discapacitados físicos, sino en los espirituales y morales, en el ámbito personal, en el familiar, en el comunitario o en el social. Personas que querrían moverse, que perciben problemas y los sufren, que incluso reconocen ciertas soluciones, pero constatan que no pueden, que son incapaces de ponerse en marcha buscando avances o salidas.
A ellos y a todos nosotros el Señor nos sigue proponiendo la misma solución que en la lectura de hoy: el perdón de nuestros pecados para quebrar las ataduras que nos impiden movernos, y la Palabra como horizonte vital, como faro que ilumina el camino y como alimento para el trayecto.
Y que en nuestra Iglesia muchas veces no encontremos suficiente fe, esperanza y amor da como resultado que no vivamos esa realidad cotidianamente, y de ahí vienen la mayoría -creo yo- de nuestras impotencias evangelizadoras.
Porque el mundo de hoy, para creer, ya no pide milagros, ni los espera quizás. Pero sí exige hoy que la Buena Noticia que los cristiamos anunciamos quede demostrada y sea eficaz, ante todo en nosotros mismos. Que se vea como nos amamos y nos perdonamos, que se nos vea trabajando junto a otras personas de buena voluntad en las múltiples tareas de liberación de los pobres y necesitados, marginados y oprimidos, que se vea que el Dios tierno y cercano del que hablamos es en verdad un Padre que está vivo y presente en nosotros, incluso que se vea como algunos de entre nosotros hacen vida las Bienaventuranzas y las palabras más exigentes del Evangelio…
Yo le doy gracias a Dios por su amor y su Palabra, y le pido que nos ayude, y que sepamos ayudarnos los unos a los otros, a sanar nuestras parálisis para que así su amor y su Palabra sean de verdad el motor de nuestras vidas.