(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)
Según el Evangelio de hoy, el examen final que cada uno de nosotros pasará ante Dios será, de tan sencillo, una más de las desconcertantes intervenciones con las que, tan a menudo, nos sacude, nos conmueve, nos despierta y nos invita a poner nuestra atención en lo esencial. En efecto, no será un examen que evalúe la extensión ni la profundidad de nuestras creencias, ni nuestra fidelidad a los cultos ni a los ritos, ni la talla de nuestros pecados, ni la ortodoxia de nuestra moralidad, ni tampoco nuestros conocimientos teológicos ni nuestro grado de comprensión de las sublimes enseñanzas evangélicas.
Nada de eso. Se evaluará cuál ha sido nuestra relación con las demás personas, especialmente con las más pobres, necesitadas o marginadas. Con aquellas que estaban más necesitadas de ser amadas, de atención, de servicio y de cariño. Se nos examinará en el amor, concretado en las sencillas “obras de misericordia”.
Y de nuevo “los últimos serán los primeros”. Y veremos cuántas personas serán, antes que nosotros, bienvenidas al Reino. Nos precederán sin tener por qué lucir el título de “oficialmente cristianos o católicos”, sólo por haber entregado sus esfuerzos y su vida, en tantas y tantas organizaciones al servicio de los empobrecidos, de los indefensos y perseguidos por los poderosos de este mundo nuestro, de los marginados, enfermos, solitarios, proscritos y desechados por nuestra sociedad.
Por esta sociedad nuestra que -dura de corazón- se mantiene así, reforzada por cada gramo de complicidad, de desinterés o de pasividad nuestro. Por cada instante de duda que calladamente sostuvimos sobre si Dios querría o no nuestro compromiso con los empobrecidos, con los excluídos, con los no-amados.
Yo le doy gracias a Dios porque puso la certeza de lo esencial en tantos corazones sencillos de personas de todas las creencias, o de ninguna. Y le pido que ayude a nuestra Iglesia y a cada uno de nosotros a no olvidar ni traicionar nunca esa primacía de la atención a los humildes.