¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE UNA VIDA NUEVA
(mujer, casada, acaba de ser madre por primera vez, pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.” El evangelio de hoy da respuesta a preguntas que todos nos hacemos: ¿qué camino es el que debo seguir?, ¿dónde está la verdad?, ¿qué es la vida?… La respuesta la encontramos en Jesús precisamente por su ser Hijo.
Desde que nació mi hijo todo aquel que lo conocía decía: “¡es igual que su padre!”, “¡cómo se parecen!”, y la verdad es que llevan razón. Y no sólo en la cara (aunque ahora con nueve meses empiezan a decir: “está mezcladito”) sino en sus gestos o incluso en la manera de reír y mirar. De igual manera que conociendo al niño podemos saber como son sus padres y la manera en que le están educando, cuando vemos a Jesús – sus gestos, sus palabras, su manera de mirar la realidad- reconocemos cómo es la ternura y el amor por nosotros.
Jesús es el camino que nos lleva al Padre, la verdad que nos acerca al Él. Es la Vida. En los “genes” de Jesús descubrimos que Dios nos habita en lo más íntimo y esto nos da la confianza para andar su camino, esperar en su verdad y dar vida.
DESDE LA NOVEDAD DEL MATRIMONIO
(matrimonio reciente, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana y a movimiento seglar)
Nos preguntamos ¿qué significa para un matrimonio joven como nosotros que Jesús es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida? O dicho de otra manera, ¿qué significa en concreto esa frase tan utilizada, tan manida incluso, de “poner a Dios en el centro”?
La respuesta la encontramos mirando las obras, las palabras, las actitudes de Jesús. En la Palabra de hoy, Jesús es claro: sus palabras y sus obras son las obras y las palabras de Dios. En Jesús encontramos gestos concretos de entrega, de exigencia, de sacrificio, de valentía. Palabras de ánimo y de corrección fraterna. Actitudes de humildad, de perdón y de paciencia.
Poner a Dios en el centro de nuestro matrimonio no es una cuestión meramente espiritual, o psicológica. Poner a Dios en el centro significa llenar el centro de nuestro matrimonio de los gestos, las palabras y las actitudes de Jesús.